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Sandra calamidad

La cinta, que tiene como protagonista a Sandra Bullock, es una auténtica ‘calamidad’.

La Razón (Edición Impresa) / Rafael Archondo

02:37 / 07 de diciembre de 2015

Se gastaron 28 millones de dólares y es posible que nunca más los vuelvan a ver. Los estudios Warner han recaudado solo 4 millones en taquillas durante el deprimente estreno de Nuestra marca es crisis, la película que intentó recuperar los hilos argumentales del documental del mismo nombre, producido en 2005 por Rachel Boynton.  

Reprobada por la crítica e ignorada por el público, la cinta, que tiene como protagonista a Sandra Bullock, es una auténtica “calamidad”, como el apodo que ostenta la actriz en la historia. Quizás no es aconsejable tomarse en serio una comedia; lo hago porque versa sobre Bolivia y las memorables elecciones de 2002, cuando Evo Morales dio su primera sorpresa en las urnas.

Bullock encarna a una afamada estratega electoral, lo que, en la lógica del filme, es una manipuladora profesional. Aunque el propósito es hacer reír, en los hechos el guionista aspira a más cuando reduce la política a un mezquino forcejeo de maniobras menudas. Calamity Jane acepta ser contratada en Bolivia por un único y determinante motivo: ganarle a Pat Candy, su antagonista en la lista de los más cotizados del rubro. Así, una bronca privada entre dos ambiciosos deriva en la antesala de nuestra “guerra del gas”.

La película le dice a sus espectadores que las campañas son un baile de trucos cada vez más refinados. Bolivia aparece en la pantalla grande como un reseco tablero de ajedrez donde triunfa el tramposo con chequera. Hospedados en el mismo hotel, frente a frente, los dos cerebros escenifican un duelo en el que el as bajo la manga termina siendo la instrumentación del Departamento de Estado, el cual se subordina sumisamente a la movida decidida por la señora Calamidad.

Así, Bullock, en su condición de asesora principal de Goni, diseña una estrategia en tres pasos: 1) Transformar los rasgos oligárquicos del empresario minero en tabla de salvación tecnocrática para salir de la crisis. 2) Demoler la imagen moral del competidor más cercano (Manfred Reyes Villa) ventilando propaganda sucia. 3) Ayudar a que el tercero en disputa, Evo Morales, crezca en las preferencias, robándole votos al Capitán. Para esto último justamente recibe la generosa ayuda del embajador gringo en La Paz.

En efecto, todo ello estaba consignado en el documental de Boynton, y en los hechos, la película solo empobrece lo ya visto 10 años atrás. Desgraciadamente recrea los hechos explotando sin éxito los estereotipos más manidos de nuestra existencia sudamericana. Además de exhibir la coca, las llamas, la chicha, los minibuses y el mal de altura, los políticos bolivianos son retratados como marionetas de sus asesores anglosajones. En la escena más burda, dos buses en los que se movilizan los candidatos impulsan una alocada carrera adolescente. Arriesgando sus vidas y bajo las órdenes de sus estrategas, Goni y Manfred hacen gala de su inmadurez, ordenando pisar a fondo el acelerador.

Al final, la Bullock le entrega el triunfo a su cliente. Sin embargo, en el camino, un grupo de jóvenes de los barrios pobres ya la ha transformado para siempre. Así, cuando el equipo se dispone a abandonar el país, ella opta por unirse a las huestes populares que ya preparan el levantamiento contra el presidente que ha ayudado a entronizar. Es la parte que le faltaba a Boynton: la conversión del manipulador en manipulado, el triunfo de la realidad sobre el mercadeo y las encuestas. Bullock ya casi levanta el puño en alto y se funde con los nacionalizadores del gas y las telecomunicaciones. Es el apogeo de las conversiones relámpago.

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