Columnistas

Santa Cruz nace en septiembre

Va llegando la primavera a esta región que festeja todo el año, a su modo, sin prisa y sin pausa

La Razón (Edición Impresa) / Gabriela Ichaso Elcuaz

00:29 / 27 de agosto de 2015

Agosto se va de la ciudad de los anillos, dejándonos la belleza de sus árboles amarillos. Agosto en Santa Cruz de la Sierra —capital del Santa Cruz chiquitano, chaqueño, valluno y norteño; sabio de culturas ancestrales; rico de naturaleza originaria y poderoso de fuerza joven, historia y futuro; entrelazado de pueblos y naciones del mundo— transita entre el invierno que fue y el verano que será. Época de vientos raudos en la capital metropolitana, jugando con la arena voladora y picante, el polvo se instala sobre las cosas, mientras el polen y las flores desprendidas de los árboles levitan en el ambiente y nuestra respiración. Cambia nuestro estado vital. Algo en el ambiente, en nuestro cuerpo, se alista como los capullos y las crisálidas. Revolotean las mariposas, más que nunca, en nuestro interior.

Va llegando la primavera a esta región que festeja todo el año, a su modo, sin prisa y sin pausa, capeando sus dolores y sus afrentas: los dolores que lastiman con la violencia, con la injusticia, con la corruptela, con la hipocresía, con las apariencias, con el abuso, con el egoísmo, con la ignorancia; las afrentas de quienes migran a esta tierra y se quejan porque quejarse fue la vida que dejaron atrás sin remedio y, muchas veces, sin retorno; las del estereotipo peyorativo de la vida liviana, del camba oligarca y la impronta separatista; las del lugareño y su viveza criolla que hace lo que le viene en gana y le echa la culpa de lo mal que está todo al otro y a la falta de autoridad, que tampoco se respeta ni se hace respetar.

Sin embargo, sigue imbatible aquella risueña leyenda que cuenta acerca de que quien cruza el río Piraí no vuelve a ser lo que fue jamás, y que define al ser cruceño de ayer, de hoy y de la posteridad. Porque ser cruceño no tiene visos de diferencias de las miserias y las veleidades del resto de la humanidad; ni lo hace más ni menos que cualquiera en las incongruencias, las dificultades y los desatinos de los habitantes y sus líderes, en condiciones globales similares, de hemisferio, de continente y de latinidad.

Ser cruceño, digámoslo así, es lo que a cada uno nos une con alegría a este lugar. No nos da la gana de reconocer que también es parte del ser cruceño todo lo que está mal, cualquier cosa que sirva para enamorar; lo que une para festejar, para enarbolar la libertad; lo que provoca alegría y bienestar; lo bello y lo sensible; lo que está dicho cómo aprendimos a hablar, lo que haga mamita, lo que diga papá; los logros de los muchachos; mirar a través del vaso medio lleno, el que, en otro sentido, otro contenido y otro lugar, es para secarlo y volverlo a llenar; la hora de los juntes, la gran familia (extendida a los amigos) sea como fuere y donde sea que esté; las cosas lujosas o pobres de solemnidad, pero simples sin complicar nada más de lo que está; el buen comer, así sea un pedazo de yuca, un asadito, un mocochinchi y harto ají hasta blasfemar.

Algún día vamos a asumir lo que no alcanza a unirnos para defendernos del mal. Seguramente llegará el momento cuando los dolores y las afrentas nos hagan sentir que nos arrebatan lo demás. Pero ahora, digan lo que digan, así como abrimos los ojos en esta tierra, como nos ven de afuera y como nos encuentran los que llegan a quedarse y no se van, somos así nomás. Total, el sol sale para todos, el calor nos pone a tono normal; para estos tiempos las gestas de 1810 nos recuerdan que hay más motivos para festejar, que Santa Cruz nace en septiembre y eso, eso es carnaval.

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