Columnistas

Santa Cruz 2061

Tal como va, el desarrollo de Santa Cruz de la Sierra está muy lejos de ser un modelo a imitar.

La Razón (Edición Impresa) / Gabriela Ichaso Elcuaz

01:12 / 04 de noviembre de 2016

En 45 años, Santa Cruz de la Sierra celebrará su 500° aniversario. Lo único seguro es que muchos de los que hoy vivimos no vamos a estar por estos lados para celebrar el medio milenio con fuegos artificiales y loas a los fundadores, pero el legado de entonces sí será responsabilidad nuestra. Los fines de semana, Jatupeando e Investigacruz están impulsando jornadas de reflexión abierta sobre los diversos tópicos que hacen al título de este texto.

Durante sus primeros 400 años de vida, Santa Cruz de la Sierra se batió en la más austera soledad, alejada del mundo exterior al menos a 1.000 kilómetros a la redonda, informándose y dejando saber apenas a través de los diarios y las reseñas de los viajeros de paso y los contados cruceños que fueron y volvieron. Sin embargo, hoy es producto de su estrecha conexión con el resto del país, América y nexos intercontinentales. En las últimas décadas, la capital cruceña se ha llenado de intereses e inversiones procedentes de varias partes del mundo, con ellos, también de los problemas del mundo moderno sin estar preparada para preservar sus cualidades originales.

La planificación prevista desde mediados del siglo XX por Techint, el Comité de Obras Públicas, el Plan Regulador, Cordecruz y el gobierno municipal fue un intento técnico incomprendido por la ambición y la ignorancia instauradas en la gestión política en todos los estamentos de poder, público y privado.

Lo que pudo ser no fue, ni es, ni será, en manos de quienes están hoy en el poder político y económico. La realidad es que mientras el Gobierno nacional predica con discursos socialistas, gobierna con el capitalismo y sus intereses privados, que le generan los recursos impositivos para pagar la burocracia y el costo de sostenerse en el poder. A la usanza de los gobiernos anteriores fustigados por el actual, las grandes inversiones públicas provienen hoy en día de préstamos extranjeros, con cargo a una deuda enorme y una gran dependencia política, pero ya no de Estados Unidos, sino de China y de otros nuevos amigos financieros, tan contradictorios en sus gestiones internas como países.

Los principales servicios y la tierra urbana que concentra el 70% de habitantes cruceños están cooptados por la ilegalidad, la desigualdad e incluso por la ilicitud: 80% de pobladores no pagan impuestos locales; el abastecimiento de alimentos depende de mercados persas asentados en casi todos los barrios; la distribución indiscriminada de alcohol y drogas se da en cualquier lado y a cualquier hora; la apología de la violencia en los medios de comunicación es recurrente, bajo la excusa de la libertad de la información; la especulación inmobiliaria se da como nunca se ha visto en ningún gobierno neoliberal, y el crecimiento de la construcción está descuartizando el tejido social urbano del barrio vecinal en feudos que desprotegen el espacio público. Las leyes del libre mercado son la ilegalidad, la desprotección y la ilicitud. Frente a ello, las instituciones son el mero reflejo de la sociedad, y se limitan a representar y organizar el laissez faire, laissez passer (dejar hacer, dejar pasar) del libre mercado.  

Todo el sistema se sostiene en el “principio” de tener sin medida. Quien más tiene, más puede. Y a las grandes mayorías, representadas adecuadamente a todo nivel, no les interesa lograr un espíritu libre, una mente culta, una razón con ética, un trabajo digno, un servicio que cumpla las reglas establecidas, un comportamiento social de respeto a los niños, a las mujeres, a todos los seres humanos y a la naturaleza; únicamente les importa lo que les asegure lo que quieren tener, a como dé lugar. Santa Cruz, hacia sus 500 años, no sé si va bien o mal, pero sí sé que tal como va, está muy lejos de ser un modelo a imitar.

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