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Saramago: Chile robó a Bolivia

Lo más relevante de la última obra de Saramago es su interpelación, una vez más, a la (no)humanidad.

La Razón (Edición Impresa) / José Luis Exeni

00:00 / 28 de diciembre de 2014

Artur Paz Semedo trabaja en la fábrica de armas Belona S.A. Desde hace casi dos décadas está en el servicio de facturación de armamento ligero y municipios. En esa condición, por impulso de su exesposa Felícia, penetró en los archivos de la fábrica (Ah, los misterios contables) para ver cómo Belona S.A. se había beneficiado, si acaso, de las guerras de los años treinta. Siglo XX. Le interesaba en especial comprobar si la empresa había vendido armas a los fascistas durante la Guerra Civil de España.

No sabemos si Belona S.A. hizo negocios con el dictador Franco. Pero lo que encontró Paz Semedo en su búsqueda, con el aval del consejero delegado, es que esta histórica fábrica estuvo muy atenta al conflicto bélico entre Paraguay y Bolivia. Incluso llegó a contactar personas influyentes en ambos países. Se estima que Belona S.A. proveyó armas a Paraguay, lo cual habría sido decisivo en el conflicto. No lo hizo con Bolivia, según adujo la administración, por la falta de un puerto en el mar.

El mencionado relato es parte de la novela inconclusa del escritor portugués José Saramago, que se acaba de publicar con el título Alabardas, alabardas, espingardas, espingardas. Aunque el Nobel de Literatura, en sus últimos meses de vida, solo pudo escribir los primeros tres capítulos y algunas notas, se trata de una notable invocación contra la guerra. Una invocación que no podremos leer en su desarrollo y desenlace, pero que se plantea como cuestión de vida. Más todavía: cuestión de coherencia.

Además de la citada referencia a la Guerra del Chaco entre paraguayos y bolivianos, el narrador Saramago —ese conocido narrador “sabio, reflexivo y totalizador”— alude en dos ocasiones, sin mencionarla, a la Guerra del Pacífico. En la primera señala que, además del descubrimiento de petróleo en la región del Chaco boreal, la otra causa del conflicto con Paraguay habría sido que Bolivia no tenía acceso al mar, “que de eso se había encargado Chile hacía muchos años”.

La segunda alusión es más explícita. El buen Saramago, narrador de Alabardas, conjetura que Bolivia podría tener una salida propia y directa al océano Pacífico si acaso venciese a Paraguay, pero a renglón seguido señala la imposibilidad: “si Chile no le devolvía a Bolivia lo que le había robado en el norte, menos aún le abriría graciosamente un camino por el sur a través de los Andes”. Dispensando la imprecisión geográfica, su mensaje incontrastable es que Chile robó a Bolivia y no tenía la intención de enmendarlo.

Hasta aquí la “referencia boliviana” que bien puede quedar como curiosidad literaria o, forzando en extremo, como respaldo póstumo a nuestra demanda marítima. Listo. Pero sin duda lo más relevante de la última obra de Saramago es su interpelación, una vez más, a la (no)humanidad.

Y es que la democracia no ha hecho absolutamente nada para prohibir las armas, que se continúan fabricando, comprando y vendiendo en nombre de la “defensa del territorio”. Es una democracia rehén de las poderosas Belonas S.A.

La motivación de Saramago para escribir la novela que no llegó a concluir era una inquietud que le perseguía desde hace tiempo: “¿Por qué nunca hubo una huelga en una fábrica de armas?”. Es una pregunta radical. Nunca. ¿Por qué? Pero si bien no se conoce huelga en estas fábricas de destrucción y muerte, al menos hubo sabotaje: durante la Guerra Civil española una bomba lanzada contra los republicanos no explotó.

Adentro había un papel escrito en portugués: “esta bomba no reventará”. No fue obra de la ficticia Belona S.A., sino de la antigua Braço de Prata, hoy Centro Cultural.

En una de sus últimas apariciones públicas, hablando de Alabardas, Saramago cuenta que su deseo era que la novela titulase Libro del Desasosiego. Claro que ese libro ya había sido escrito por Pessoa. “Como no vivo sosegado —explicó José antes de partir— quiero desasosegar a los otros, a los lectores”.  Y aquí nos tiene, desasosegados.

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