Columnistas

Sebastiana (ya no vuelve)

A pesar de los botes, las redes y los peces, en el fondo ella sabe que el Poopó no va a volver.

La Razón (Edición Impresa) / Verónica Córdova

00:00 / 10 de mayo de 2015

Sigue ocupada en su cotidiano no hacer nada, solo observarse callada, expandida en el arenal rojizo y seco del que no se ha movido desde que el lago se fue lejos del alcance de su ventana hueca.

A lo lejos —en ese horizonte impreciso que la tienta a existir con su porfía de verse casi tangible, sólido, presente— a veces descubre un borde, un ruedo, un pequeño y flotante pañuelo marcando el sendero por el que camina ahora el lago en su camino hacia quién sabe dónde. Y una roca, un monte, un hombre diminuto parecen volar por encima de esa exhalación del lago ausente, parecen suspenderse en su nebulosa densidad de agua ida,  ojalá que no para siempre.

Todavía en el patio se ensarran los botes dormidos contra el muro de piedras sedientas. Todavía detrás de la estera el abuelo conserva sus redes resecas. Y todavía a veces se ven aparecer por entre las grietas pentagonales de la tierra a los adoloridos fantasmas de mil flamencos que solían visitarla junto a la ventana hueca. ¿Dónde estarán ahora jugando su rosa rayuela? ¿Dondecito será que ahora el viejo lago se aposenta?

Es tan triste ver al viento revolver y llevarse en rojizas pirámides las ásperas pisadas que dejó en la arena el lago al marcharse. Es tan salada la sal que ha dejado esparcida, tan podrido el olor a peces insepultos, tan sucio el color del sol que no se baña ya en el atardecer de su lago perdido.

Tantos han migrado ya en pos del sendero que tomó el agua en su huida. Ella ha pasado tanto tiempo mirándose mirar el sollozo del lago dormido, tratando de escuchar el leve gorgoteo con el que gemía la ruda caricia del viento en su cabellera de totora y olvido.

Ella ha gastado ya tantos inviernos esperando encontrar bajo el desierto un pequeño y húmedo resabio del lago errante. Ha llamado a tantas voces su regreso. Ha sufrido a tanta hambre su antiguo corazón de pez, sus viejos pies andariegos, sus manos callosas de sal, sus ojos oscuros de cielo. Ha querido tantas veces nadar, volar, salir huyendo a través de esta que no es una ventana sino un hueco.

Pero no hay más que sed y totoras protegiéndose del sol al abrazarse unas con otras. Porque, a pesar de los botes, las redes, los peces; a pesar del tiempo que ha pasado y que pase ahí esperando su salival regreso, en el fondo ella sabe que el Poopó no va a volver, porque el Poopó ya se ha muerto.

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