Columnistas

Sede de gobierno

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Villagómez

01:01 / 03 de diciembre de 2019

Por momentos se intenta destruir la ciudad. Pero, históricamente hablando, las ciudades sobreviven a los procesos políticos de cualquier sociedad y en todas las latitudes. Renacen de las cenizas y se reconstruyen sobre los escombros de cualquier conflagración o guerra. Es demasiada potencia humana superpuesta en estratos sobre un sitio. Por esa fortaleza, creo más en las construcciones culturales y creativas antes que en la violencia de una política sañuda.

La Paz ha superado todas las coyunturas políticas que le tocó sufrir. Pero, en los momentos donde emergen los demonios de nuestra incivilidad política, no recordamos esa fuerza cultural y nos derrumbamos como muestra de la fragilidad y futilidad de nuestras existencias. Y por ese costo emocional, es tiempo de reflexionar sobre un tema crucial: la pertinencia de ser sede de gobierno.

Esta ciudad es sede de los poderes Ejecutivo y Legislativo desde 1899 y al término de una guerra civil. El cambio de sede propició inversiones urbanas para presentar a La Paz en un nuevo rol protagónico. Un rol siempre trágico y dramático, soportando el peso de las decisiones políticas de toda Bolivia, forjando un centralismo pernicioso. Y, lo peor, con centenares de muertos y heridos.

La psicosis, el terror, y la angustia colectiva que estos días soportó la ciudadanía paceña y alteña no tienen ya nombre. Estamos llegando al fondo: muertos y heridos, quema de instituciones, saqueos de casas particulares y comercios de todo tipo, violentas manifestaciones en el corazón urbano, estragos a nuestra infraestructura pública y de transporte, desgobierno de sindicatos y juntas vecinales. En fin, un repertorio de golpes al ajayu con un ensañamiento y una bronca que no terminamos de dilucidar. Es el precio que debemos pagar por ser sede de gobierno. Una sede, además, que todo el año es invivible por los bloqueos, manifestaciones, presiones sindicales y corporativas; es decir, por todos los engendros de la democracia morbosa.

Es ineludible un debate (y posterior referéndum ciudadano) sobre la pertinencia de ser sede de gobierno. Adelanto mi criterio al respecto: que se vayan los poderes del Estado de esta estoica ciudad hacia otros centros urbanos que ya reclaman su rol en este siglo XXI. Así, de manera radical, los habitantes de este sitio volveremos a retomar nuestro ancestral espíritu creativo y emprendedor, para dejar de ser parias de un Estado central y de una política criolla que han perturbado la mentalidad de todos, han trastornado nuestra psiquis y nos han incordiado con los municipios vecinos.

* Arquitecto.

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