Columnistas

En esta Semana Santa…

No fue el nacimiento de Jesús lo más importante, sino la consumación de su obra redentora.

La Razón / Gary Rodríguez

03:43 / 02 de abril de 2012

La Navidad y la Semana Santa, pese a no haber certeza sobre la fecha exacta del nacimiento de Jesús de Nazaret, ni de su muerte 33 años después, son dos celebraciones de alto impacto para gran parte de la humanidad. Siendo que sí se sabe que Jesús nació, creció en santidad, y que en sus últimos días sufrió una dolorosa pasión, una muerte espantosa y (algo sobrenatural) una resurrección gloriosa para no volver a morir, la más importante de estas dos celebraciones debería ser la segunda.

La Semana Santa inicia con el Domingo de Ramos, recordando la entrada triunfal de Jesucristo a Jerusalén, y transcurre rememorando sus últimos días con un ilegal arresto, enjuiciamiento y una tortura escarnecedora; su crucifixión, muerte y entierro; y concluye con el Domingo de Resurrección. Lamentablemente, muchos centran su atención en el nacimiento y muerte de Jesús, en vez del Cristo resucitado.

Sostengo esto, recordando a Salomón que dijo que lo mejor de un negocio no es cómo éste comienza, sino cómo termina. Y si bien la milagrosa concepción de Jesús no tiene antecedente ni tendrá repetición, no fue su nacimiento sino la consumación de su obra redentora lo principal, viviendo en obediencia al Padre Celestial hasta la muerte en la cruz, para ser resucitado tres días más tarde. De esa gloriosa resurrección depende nuestra salvación eterna. Quien pagó el precio para quitar el pecado del mundo no fue el “Niño-Dios”, sino Cristo-Hombre. Su victoria no fue nacer, sino morir y resucitar para no morir jamás.

Ahora, ¿pudo Jesucristo fallar en su misión? ¡Por supuesto! Él era un hombre común, tenía libre albedrío, por lo que pudo decidir no ser crucificado. ¿No recuerda acaso que Jesús, sudando sangre en Getsemaní, angustiado y de rodillas oró: “Padre, si quieres, pasa de mí esta copa, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”? El Padre quiso que vaya a la cruz. ¿Recuerda a Jesús crucificado en el madero (desfigurado y desnudo) clamando: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” El Padre no lo soportó y apartó su rostro de él.

Jesús no se aferró a su deidad para salvarse, y si bien nunca pecó, se hizo pecado por nosotros y murió despreciado como un maldito, pagando en la cruz la desobediencia de la humanidad, a fin de que seamos justificados. Bueno sería entonces meditar sobre semejante sacrificio y reflexionar sobre el sufrimiento del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, porque en verdad, los tres sufrieron (no podía ser de otra manera) pues los tres son uno.

¿Sabía ud. que Jesús no se ofreció para tal suplicio? Él obedeció la voluntad de su Padre, que “de tal manera amó al mundo” que lo dio en holocausto para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. ¿No sufriría ud. si tuviera que decidir que su hijo muera para salvar a otros?

El Espíritu Santo sufrió también, siendo que él todo lo escudriña —aún lo más profundo de Dios— supo del dolor del Padre y del padecimiento de Jesús cuando el pecado del mundo entró en su cuerpo, en la cruz. ¡Cuánto sufrimiento para el Espíritu Santo, sabiendo que la Biblia nos revela que él intercede por nosotros con gemidos indecibles!

El dolor del Hijo fue compartido por el Padre y su Santo Espíritu. Así nos demostró Dios que “el amor es más fuerte que el dolor”. Por tanto, no desprecie a Jesús que murió por ud. y por mí, para darnos vida eterna. En esta Semana Santa ¡rinda su vida a Cristo! Hágalo antes de que sea demasiado tarde, por el amor de Dios…

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