Columnistas

Sembrador de esperanza

El Santo Padre señaló que la raíz más profunda del mal está en la codicia de dinero.

La Razón / José Gramunt

01:25 / 01 de abril de 2012

Siguió ud., amable lector, las jornadas del papa Benedicto XVI en México y en Cuba, la semana pasada? Si estuvo atento a ese acontecimiento, debió advertir que las palabras explícitas de Joseph Ratzinger, así como los gestos que hablan por sí mismos, fueron el reflejo del mensaje evangélico, aplicado a los momentos actuales, dicho con la firmeza y al mismo tiempo con la sensibilidad humana, conjunción que sólo personas de profunda espiritualidad, amor fraterno y visión universal saben expresar.

Vayamos por partes. En México, más concretamente en el Estado de Guanajuato, el Papa tuvo que referirse a esa suerte de guerra civil contra el narcotráfico. Una plaga venenosa que se extiende sin poder detenerla sino es con sangre. Pero al mismo tiempo, el Santo Padre señaló, para quienes quieran entenderlo, que la raíz más profunda del mal está en la codicia de dinero, en el engaño hedonista que invade la sociedad y que malea a la juventud. De ahí que, paso a paso, hay quienes llegan a cometer los crímenes más atroces. Pero la clara advertencia señaló el buen camino a seguir: “no ceder a la mentalidad utilitaria que termina siempre sacrificando a los más débiles e indefensos”, entre los cuales hay que entender que se incluye a los caídos en la trampa de la droga.

En Cuba, el Sumo Pontífice centró su mensaje en la apertura del régimen político, condición indispensable para la reconciliación de los cubanos y de la isla ante el mundo. El tema requería del máximo tacto diplomático, cuando se pretende que las ideas difíciles de aceptar vayan calando en las mentes cerradas sobre su propio error. En esto, la actuación del papa Ratzinger fue un eco de lo que ya había señalado su antecesor Juan Pablo II en 1998: “Que Cuba se abra al mundo y el mundo se abra a Cuba”.

La visita del Pontífice alemán a Cuba dejó una estela de moderada esperanza en un proceso de transformación del régimen castrista. ¿Por qué caminos? El Santo Padre propuso los que él cree más oportunos: “Podemos ayudar con un espíritu de diálogo para evitar traumas y crear una sociedad fraterna y justa”.

La verdad y la justicia deben ganar la partida “con las armas de la paz, el perdón y la comprensión. Luchen para construir una sociedad abierta y renovada”, dijo el Papa. Censuró el embargo norteamericano a la isla, pero, al mismo tiempo, reclamó que “ningún cubano sea privado de sus derechos fundamentales”.

Y me pregunto: ¿habrá algún jefe de Estado capaz de pronunciar un mensaje con tanto sentido político y humano? Pues ésta es la fuerza de la iglesia que no necesita divisiones acorazadas para extender y consolidar las fronteras de la fe.

La celebración de la misa en la emblemática Plaza de la Revolución impactó al duro Fidel Castro (marxista-leninista… ¿hasta cuándo?) quién, según le dijo al insigne celebrante, Joseph Ratzinger, la liturgia eucarística movió algunas fibras del veterano de Sierra Maestra.

Creo no engañarme al afirmar que estos dos viajes han proyectado al mundo la imagen auténtica de Joseph Ratzinger como un personaje excepcional, tanto en su profundidad  espiritual como en su oportuna actuación política.

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