Columnistas

Sembrar el cáncer

Antes, a lo sumo, se sembraba el pánico; ahora, parece que hasta las enfermedades mortales

La Razón / Óscar Díaz Arnau

02:33 / 09 de enero de 2012

En la capital del chocolate, donde los bombones caminan, preocupa que la ciencia haya torcido sus acaramelados fines para maliciosamente lograr (¡cataplum!) que los cánceres se induzcan. Al menos, se ha sembrado esa duda.

Cómo han cambiado los tiempos… antes, a lo sumo, se sembraba el pánico; ahora, parece que hasta las enfermedades mortales. Tan serio se pinta el panorama que la no muy disfrazada advertencia del presidente Hugo Chávez, de que EEUU estaría detrás de las afecciones de varios mandatarios, ya debe haber movilizado a los estudiosos de la oncología.

No es broma. La paranoia de Chávez no tendría por qué despertar ironías; más aún tratándose de un asunto tan delicado como el cáncer, del que nadie puede proclamarse libre. Peor será el gusto del que se atreviera a mofarse de la tribulación ajena sin tomar en cuenta los probables suplicios interiores del desdichado, lo que no sería raro que le indujera a perderse en alucinaciones e incluso a utilizar públicamente su propia enfermedad como parte de un descarnado melodrama personal.

El cáncer lleva a la muerte, pero antes hace estragos. Algunos terminan locos, aturdidos por el tumor esquivo para la ciencia; otros, con la mente intacta y no atrofiada como en los primeros, mas su cuerpo se desvencija por dentro.

Las declaraciones de Chávez no pueden ser tomadas a la chacota. Principalmente porque, a pesar de su temeridad, parten de una verdad: los cánceres pululan en las altas esferas de los gobiernos de la región. Si acaso estuvieran originados por alguna fuerza geopolítica extraña al cuerpo del infortunado o infortunada —entiéndase, con intereses contrarios a su corazón y sus demás órganos— sería toda una revelación, sin contar el dudoso parangón que con fervor ideológico se busca encontrar en un caso cubano.

Todo está concatenado dentro de la estrategia de victimización del nuevo socialismo. Para granjearse la simpatía de los incautos el presidente Morales, por ejemplo, suele decir que sus contrarios le llaman “indio”; discurso irresponsable porque podría encender la mecha del racismo.

Por ahí va la insinuación de Chávez, que trasciende la ordinariez de las palabras. Asistimos a un momento cumbre del proceso de banalización regional de la política por el que transitamos hace algunos años en respeto a la ingeniosidad sin límite del caballero de marras, padre postizo de Evo Morales e hijo predilecto de Fidel Castro, quien sería entonces abuelo del hijo de su hijo (de Chávez), nuestro Presidente. Nada verdaderamente importante, salvo que por filiación o por juego gramatical se quisiera pensar a cualquiera de ellos como presidente de Bolivia, lo cual no es evidente.

Estoy persuadido de que vivimos gobernados por marcianos y, quién sabe, también, jupitenienses; seres en apariencia terrícolas que tienen la cabeza en otra parte. Picardías de esta ficción con delirio de persecución: Ray Bradbury no debería rebuscar mucho en medio de tanta epidemia inducida; indígena engañado con leyes ilusorias; discapacitado que malogra —más— su salud para pedir atención de un gobierno; chamán que apela a la magia negra para combatir el cáncer.

Nada de bromas en estos tiempos serios. Nadie ose gozar, siquiera esbozar una sonrisa, por más leve que fuera, para menoscabar las aseveraciones del presidente Chávez respecto a la enfermedad provocada en él y sus colegas. Evítese toda jocosidad, inclusive, por la contestación del país ligeramente aludido, una de cuyas autoridades ha dicho que los comentarios del venezolano eran “horribles”. No, nada de eso. A la ironía hay que guardársela para mejores cosas.

Ediciones anteriores

Lun Mar Mie Jue Vie Sab Dom
1 2 3 4
5 6 7 8 9 10 11
26 27 28 29 30

Suplementos

Colinas de Santa Rita, Alto Auquisamaña (Zona Sur) - La Paz, Bolivia