Columnistas

Sentido y presencia de la Universidad Católica

La Razón (Edición Impresa) / Tribuna - Marco Antonio Fernández Calderón

22:53 / 13 de mayo de 2016

Las condiciones actuales del catolicismo en Bolivia reclaman la presencia de la Iglesia en el campo de la Educación Superior”. Estas palabras, con las que empieza el decreto para la creación de la Universidad Católica Boliviana San Pablo (emitido en el Palacio Arzobispal de La Paz el 16 de julio de 1966), me permiten reflexionar sobre los hitos forjados en medio siglo de servicio, sobre la importancia de ser una universidad católica, hoy, y sobre el rumbo a seguir para la construcción del futuro centenario de una de las más importantes obras de la Iglesia en nuestro país.

En 1962, una reunión de obispos de Bolivia encomienda un estudio para erigir una universidad cuya primera condición de existencia debía ser precisamente ésa: ser católica. Cuatro años después, el 14 de mayo de 1966, la Conferencia Episcopal Boliviana (CEB), con el apoyo del papa Paulo VI, inaugura las aulas con siete docentes y 31 alumnos en el barrio de Obrajes de La Paz, de lo que quiso ser el Instituto Superior de Economía de la Empresa, la base de la futura universidad. Finalmente, el 16 de julio de 1966, la CEB emite un decreto de creación de la universidad: “Se crea y se erige canónicamente, contando con el beneplácito de la Santa Sede Apostólica, bajo la dependencia de la Conferencia Episcopal de Bolivia, la Universidad Católica Boliviana”.

En los años 70, el país vivió situaciones turbulentas que repercutieron en la universidad. La década del 80 fue difícil, pues la UCB tenía un ritmo de crecimiento importante y con ello había que encarar el desafío de financiar los crecientes costos de operación. Durante los 90 y los primeros años del 2000, nuestra universidad tuvo un gran crecimiento con la apertura de varias carreras y la consolidación de varios proyectos e instancias de investigación. En la actualidad, la universidad goza de una sólida estabilidad.

Después de 50 años tenemos una universidad con más de 14.000 alumnos, en cuatro ciudades del país (La Paz, Cochabamba, Santa Cruz y Tarija) y en el área rural, con las unidades académicas campesinas. Ofrecemos cerca de 30 carreras y se graduaron aproximadamente 28.000 profesionales. En muchas carreras, como Comunicación Social, Psicología, Administración de Empresas, Teología  y los Talleres de Música y de Cine hemos sido pioneros en Bolivia, y gran parte de los profesionales de estas disciplinas en la actualidad destacan y lideran instituciones prestigiosas en el país son nuestros graduados.

Hoy los esfuerzos tienen un norte, reflejado en nuestro Plan Estratégico Institucional 2014-2020 y cuyos frutos ya se dejan observar: siete carreras acreditadas, algunas de ellas con los más altos puntajes alcanzados en el Sistema de la Universidad Boliviana (entre ellos Economía y Ciencias de la Comunicación); más de 15 carreras autoevaluadas; más de 25 profesionales en camino a su formación doctoral y un importante crecimiento en la cantidad de docentes a tiempo completo, para mencionar algunos de los logros.

¿El porqué de ser católica? Nuestra universidad nace con el desafío de formar no solo grandes mentes, sino también grandes corazones, que aporten a la construcción de un orden temporal querido por Dios. Es decir, el desafío es la formación integral de nuestros estudiantes. El ahora San Juan Pablo II, en la Constitución Apostólica ex Corde Ecclesiae (Desde el corazón de la Iglesia), define la tarea fundamental de las universidades católicas: “Unificar existencialmente en el trabajo intelectual dos órdenes de realidades que muy a menudo se tiende a oponer como si fuesen antitéticas: la búsqueda de la verdad y la certeza de conocer ya la fuente de la verdad”.

 Fruto de ello, el gran aporte de ser una universidad católica yace en el valor social que nuestra institución es capaz de entregar a la sociedad. Y es ahí precisamente donde el papa Francisco, en uno de sus discursos sobre la importancia de las universidades católicas, ubica el papel “precioso” de ellas como “lugar de elaboración y transmisión del saber, de formación de la sabiduría en el sentido más profundo del término, de educación integral de la persona”. Considera a la universidad católica como lugar de discernimiento, de sabiduría, donde se elabora la cultura de la proximidad, de la cercanía y se forma para la solidaridad.Los sueños, los ideales y los objetivos que se trazaron los obispos en 1966 permanecen hoy intactos. Prueba de ello es un hermoso texto titulado Sentido y razón de la Universidad Católica Boliviana, escrito por monseñor Jesús López de Lama, quien era obispo de Corocoro en los 70. En él sostenía que la universidad “hace posible un diálogo permanente y creativo entre la ciencia y la fe”, en “un país que quiere aprender y quiere romper el maleficio de muchas frustraciones haciendo de su juventud no solo profesionales competentes, sino también comprometidos con su pueblo”.

Monseñor López de Lama recordaba, además, que el camino de una universidad es la búsqueda de la verdad: “Ante todo y sobre todo queremos que sea una universidad. Es decir, un centro del saber universal, abierto a la ciencia, al saber, a la investigación. En una palabra: abierto a la verdad”.  Pero también enfatizaba que así como la UCB respeta la autonomía de pensamiento, también exige el respeto a la naturaleza de la católica: “Respetamos la conciencia de los profesores y los estudiantes. Es ése un santuario donde nadie tiene derecho a entrar. Pero igualmente pedimos a quienes son parte de la Universidad Católica Boliviana que respeten y reconozcan su carácter, su naturaleza y su finalidad”.

 Los desafíos que se vienen: el escenario en el que actuamos como universidad nos muestra una real influencia de la globalización, de los cambios tecnológicos, de la expansión de los conocimientos, pero también de una mercantilización del sistema. Fruto de todo ello, la educación superior no solo local sino también internacional, está en un periodo de transformación, que exige la necesidad de diseñar nuevas políticas, reingenierías y reformas organizacionales. Nuestra universidad no está al margen de estos retos, y por ejemplo ya ha iniciado el proceso de modificación de su estatuto y encara su propia renovación institucional.Otro de los complejos retos que surge en este escenario se refiere a la flexibilización en los modelos académicos y de las estructuras curriculares. Es imperativa la flexibilidad en los modelos académicos para atender la demanda generada a consecuencia de la creciente división técnica y social del trabajo, que divide el conocimiento y el saber en mercados de competencias diferenciadas. Como consecuencia, los sistemas rígidos de aprendizaje y creación de conocimiento irán desapareciendo.

 El desafío consiste entonces en generar nuevos diseños educativos que respondan a cómo se crea y apropia el conocimiento, a cómo se lo transmite, a cómo se lo actualiza y a cómo se lo utiliza. Por ello el tener un nuevo modelo académico, pero también nuevos sistemas de educación, principalmente virtuales; nuevos programas de educación continua y centros especializados que permitan generar innovaciones con el conocimiento adquirido son nuestros principales desafíos del futuro.

 También buscamos la formación de capital humano al más alto nivel académico (doctorados), en áreas de importancia estratégica para nuestra universidad y para nuestro país; además, anhelamos ser una universidad “en salida”, como nos lo piden nuestros obispos y los tiempos actuales, con el objetivo de aportar soluciones basadas en el conocimiento, especialmente en favor de aquellos que más lo necesiten y así poder contribuir a ese proyecto de paz, belleza y plenitud querido por Dios-Padre para todos nosotros.

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