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Serpientes de terno

Bastaría ver a quienes lograron una posición de poder para tener frente a nosotros a un psicópata

La Razón (Edición Impresa) / Alejandro F. Mercado

02:30 / 30 de agosto de 2014

Cuando uno escucha el término psicópata, lo primero que se le viene a la mente es la imagen de Hannibal Lecter y, ciertamente, no nos equivocamos. Sin embargo, no es necesario referirse al protagonista de El silencio de los inocentes para graficar este concepto, bastaría ver a nuestro alrededor, especialmente a quienes lograron una posición de poder o aquellos que buscan ser jefes, para tener justo frente a nosotros a un psicópata.

Los destacados doctores en psicología Paul Babiak y Robert Hare publicaron hace unos años un libro titulado Snakes in Suits: When Psychopaths Go to Work (Serpientes de terno: cuando los psicópatas van al trabajo), en el que demuestran que la probabilidad de encontrar rasgos psicópatas en personas que viven buscando situaciones de poder es cuatro veces más alta que en las personas normales, que viven solamente preocupándose de su bie-nestar personal y de su familia. Asimismo, en un estudio sobre los altos cargos en las corporaciones, estos investigadores han encontrado que uno de cada 25 gerentes presenta rasgos psicópatas.

No se trata de que estas serpientes de terno, acabado su trabajo diario, saldrán en las noches a realizar asesinatos en serie; de ninguna manera, porque la psicopatía es un espectro que va desde los psicópatas funcionales hasta los torturadores y asesinos en serie. A los que me refiero en el presente artículo son a los que psicopáticamente viven buscando situaciones de poder, y uno podría pensar que son menos peligrosos que los asesinos en serie, aunque ciertamente no estoy tan seguro.

Siguiendo a Hare, los criterios que nos permiten identificar rasgos psicópatas en estos buscadores de poder son los siguientes: los dos primeros, posiblemente los más importantes, son la falta de remordimiento y culpabilidad cuando sus acciones generan algún daño a otro, y la inexistencia de empatía en su accionar, es decir, su incapacidad de conmoverse con el dolor y el sufrimiento de otros.

Junto a ellos están otros rasgos interesantes, por ejemplo, normalmente presentan una imagen de encanto personal, aunque ello sea más falso que un billete de tres dólares. Son muy hábiles para manipular y patológicamente mentirosos. Presentan una falta de control conductual y, en muchos casos, una sexualidad promiscua. Demás está decir que no tienen profundidad en sus afectos y son egocéntricos perversos, es decir que no solamente se preocupan por su propio bienestar, como sería un egoísta normal, sino que para alcanzarlo están dispuestos a pisar a los otros. Interesante y sugestiva investigación.

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