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Sí ⁄ No 2.0

Internet constituye todavía un espacio de autonomías individuales confrontadas con los poderes

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Komadina Rimassa

00:15 / 11 de febrero de 2016

Un pequeño gesto permite al ciudadano abrir Facebook o Twitter para penetrar súbitamente en el nuevo e imprevisible teatro de la política boliviana. Y no solamente para contemplar el espectáculo del próximo referéndum constitucional (un plebiscito, en realidad), sino para intervenir activamente en ese acontecimiento, prescindiendo de las mediaciones clásicas: los partidos políticos y los convencionales medios de comunicación. El ciudadano puede emitir un mensaje a favor o en contra; éste puede ser efímero, adversativo, experto, ingenuo, divertido o grosero. Lo que importa es su soberana libertad para expresarse.

Primera impresión: nadie parece tener el control absoluto, nadie está a cargo. Afirmar que las “redes sociales” están controladas por la derecha boliviana, como dijo hace poco el presidente Morales, me hace sonreír, porque concede un poder omnipotente a un colectivo diezmado y confundido por la historia reciente. Más astuto es afirmar que todos los votos del No provienen de una mano negra (Carlos Sánchez Berzaín) que se oculta detrás de las redes: es la clásica estrategia de la polarización y victimización del MAS. De hecho, la campaña oficialista ha desplegado una robusta y exitosa estrategia en las redes para diseminar mensajes positivos sobre la gestión de gobierno, pero también para intoxicar o neutralizar los mensajes del “enemigo”. 

Segunda impresión: las redes son un terreno propicio para el desarrollo de la micropolítica. Esta noción engloba las acciones de individuos que intervienen en las luchas políticas desde su irreductible singularidad, sin ventrílocuos. Sus mensajes son intencionales y tienen como propósito implicarse emocionalmente en un enclave político e ideológico. El ciudadano filtra los mensajes de acuerdo con su propio prisma y compromete públicamente su palabra. La toma de la palabra es la principal forma de acción de la política, sobre todo en los momentos de las grandes decisiones colectivas.

Ahora bien, no estoy seguro que el ciudadano sea el “centro del ciberespacio”, como se solía decir ingenuamente hace 20 años, pues conviven y se mezclan con las opiniones demoledoras de los ciberactivistas profesionales los hackers, los trolls, los fakes makers, los pranks, los replicantes y otros animales exóticos, sean éstos oficialistas u opositores.  Pero he podido comprender que en esta Torre de Babel el magma de voces no es indiscernible, el internauta no puede ser asimilado con el “idiota cultural”, acrítico y manipulable.

Coda: hace 20 años se publicó la famosa “Declaración de independencia del ciberespacio”, una pieza de antología que proclamó la total autonomía de internet frente a todos los poderes. Ese manifiesto ha sido desmentido por los hechos. El ciberespacio se parece demasiado al mundo sensible de la política, está atravesado por conflictos, manipulaciones y relaciones de fuerzas. Sin embargo, en una porción significativa constituye todavía un espacio de autonomías individuales confrontadas con los poderes y aparatos. 

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