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Sicuris de Italaque

Escuchar y sentir las melodías de los Sicuris de Italaque constituye una experiencia mística

La Razón (Edición Impresa) / Boris Bernal Mansilla

04:05 / 18 de marzo de 2015

Italaque, pueblo ubicado en el municipio paceño de Mocomoco, guarda una invaluable riqueza  acuñada por tiempos milenarios, heredada de generación en generación: los sicuris, expresión de saberes y conocimientos ancestrales. Escuchar y sentir las melodías de los Sicuris de Italaque constituye una experiencia mística. Con una perfecta emulación de los latidos del corazón, el sonido de las zampoñas, emanado de un soplido profundo, surge como un gesto de creación divina. Dando inicio a la armónica música pentatónica, pareciera que los músicos convocasen a seres celestiales para deleitarlos con sus melodías.

Catorce hombres constituyen una tropa formada en un círculo de conexión inseparable, semejante a un compás de meditación. La danza es un andar lento, majestuoso, una verdadera reminiscencia de los pasos de los hijos del Sol, un verdadero acto místico de culto a Wiracocha. El Sicuri, hombre erguido, de facciones duras pero de sutiles movimientos y mirada armoniosa. Su vestimenta es un verdadero templo barroco: llevan en la cabeza un casco de totora forrado con tela roja y plumas de pariguana anaranjada, ave llamada mochulli; además de cintas de colores, peluca negra y una pañoleta blanca para la cabeza, denominada phike chukha. En el cuerpo visten un saco negro tejido con lana de oveja, un camisón blanco de bayeta de oveja con cuello tipo cadete, un capacho multicolor con figurillas tiwanakotas y su respectiva chuspa con coca, cigarro y llujta. Su vestimenta continúa con un ponchillo rojo con revete blanco llamado khawa y una chacana de un metro construida con palitos de kiswara y plumas de loro de varios colores, en referencia a la bandera del Tawantinsuyo o wiphala. De la cintura para abajo visten un pantalón negro con botapiés anchos con vivo blanco y abertura hacia atrás, y un pollerín blanco con pliegues entallados a la cintura; y en los pies, un par de abarcas blancas.

Todo en perfecto equilibrio con la naturaleza, sus instrumentos son fabricados con los insumos que la Pachamama brinda: el bombo está hecho de la corteza de un árbol y las zampoñas, de las cañas de carrizo. Demostrando con esto la simpleza de la belleza y la perfección de la vida, sin olvidar los ritos de su propia fabricación y su constante vínculo con los achachilas: “Debes dejar serenar a la brisa del amanecer que afine tu zampoña”, mencionan los sabios de la comunidad.

Es así el Sicuri, imponente, majestoso, sencillo, místico y melancólico, una perfecta complementariedad. El sonido individual de cada uno de los componentes hace que converjan en una sola melodía, siendo el mecanismo del clavicordio un infante comparado con ellos. Italaque, marka del antiguo curacazgo kallawaya, es cuna milenaria de los sicuris, sabios seres de la espiritualidad y el misticismo andino.

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