Columnistas

La Razón (Edición Impresa) / Fernando Mayorga

01:33 / 12 de octubre de 2014

Las estrategias electorales demostrarán su pertinencia cuando caiga la noche de este domingo. O su ineficacia interpelatoria en las filas ciudadanas. Su levedad o trascendencia. En estas líneas no ausculto las rutas partidistas, ni el desempeño de los candidatos, menos la parafernalia de las campañas proselitistas. Me interesa reflexionar sobre tres rasgos que, a mi juicio, caracterizaron la política boliviana en las últimas semanas: la temporalidad del proceso de cambio, la interdiscursividad en el campo político y la ausencia de clivajes para el alineamiento de los partidos. Parecen cosas serias, lo son.

Uno. La dimensión temporal es una variable importante para la acción política porque implica la conexión entre táctica y estrategia; y resalta una distinción evidente entre oficialismo y oposición. El partido de gobierno delineó un horizonte hasta  2025 cuando asumió la Agenda Patriótica del Bicentenario como programa. En cambio la oposición, en sus diversas facetas, limitó su accionar a  octubre de 2014, en algunos casos al domingo 12, porque es incierto el derrotero de las tiendas partidistas, ya se trate del mantenimiento de su personería jurídica o de su continuidad o consistencia como bancada en el próximo periodo legislativo. Es posible elucubrar acerca de la distinción entre tiempo heterogéneo y tiempo homogéneo para resaltar que el proceso de cambio está en una fase de estabilidad y su avance ha adoptado un carácter incremental. Por eso la épica y el dramatismo brillaron por su ausencia, y no faltaron quienes añoraron la confrontación y la polarización como si estos rasgos dependieran de la voluntad de los actores políticos.

Dos. El espacio de interdiscursividad se caracterizó por la vigencia de una tendencia centrípeta en el campo político, porque todos los actores intervinientes en el proceso electoral coincidieron (al margen de los matices) en afirmar los elementos centrales del nuevo orden: protagonismo estatal en la economía, redistribución del excedente para reducir la pobreza y desigualdad, impulso a la industrialización con sensibilidad ambiental. Cosas así. Las diferencias fueron de tono, porcentaje, ritmo. En otras palabras, el debate electoral fue un debate signado por el proyecto oficialista,  enmarcado en sus códigos programáticos, puesto que no existen alternativas verosímiles, ni viables.  Por eso ninguna fuerza opositora invocó al mercado en sustitución al Estado y las consignas autonomistas —antaño poderosas— contra el centralismo recién volverán a la palestra... dentro de seis meses.

Tres. Los clivajes, las fisuras, las contradicciones sociales que impulsaron la crisis y transición estatal de la década pasada se resolvieron entre 2005 y 2009 y se consolidaron con la aprobación de la Constitución Política del Estado Plurinacional. Me refiero al clivaje étnico y al clivaje regional que, ahora, demandan respuestas institucionales, no políticas. Por eso no existen actores políticos que respondan a esos clivajes, y no existe necesidad de su representación en el campo político. Ni siquiera el clivaje autoritarismo y democracia (invocado por algunas tiendas opositoras como reclamo por la vigencia de Estado de derecho) tuvo la fuerza suficiente para reordenar las preferencias políticas, porque la política se encuadra en una coyuntura electoral que expresa, precisamente, la plena vigencia de la democracia representativa como origen de legitimidad del poder. Por eso la búsqueda opositora de temas como inseguridad ciudadana y corrupción, la crisis de la Justicia o el extractivismo no tuvieron éxito, porque no son clivajes, sino temas que se traducen en demandas, por ende, pueden ser enarbolados por todos los actores políticos sin que interese la distinción entre oficialismo y oposición.

Es posible que estos elementos expliquen el porqué de la levedad del proceso preelectoral y la impronta hegemónica de un nuevo orden estatal que enfrenta la prueba de su consolidación. Por eso, una vez más, las elecciones serán una fiesta democrática. Y aquellos que se aburrieron con las campañas pueden ir bailando a las urnas para divertirse y celebrar.

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