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Siete Suyos

Eran tiempos de la próspera Corporación Minera de Bolivia (Comibol), administradora de las participaciones del Estado por medio de concesiones mineras entregadas a empresas en diversas regiones del país, una de ellas en esa pequeña población.

La Razón (Edición Impresa) / Ramiro Villegas V.

10:06 / 03 de septiembre de 2017

Siete Suyos quedaba en un lejano confín de Bolivia, y sus días transcurrían en medio de una serenidad inmutable, apenas interrumpida por voces insurgentes cuando sentía que su honra se hallaba amenazada. Ese centro minero al sur de Potosí, de calles de tierra, de ríos de copajira, de fríos capaces de congelar el alma, iba a ver transmutado su destino aquel fatídico día.

Por entonces, centenares de viviendas modestas y del mismo corte poblaban el campamento, y en medio de ellas, una remota escuelita de recia construcción se alzaba altiva. “Daniel Campos N° 4” era su nombre, por cuyas aulas debieron de pasar un universo de generaciones de estudiantes, así como un selecto grupo de docentes, cuya dedicación, esfuerzo y méritos hizo que la comunidad entera los llamara “maestros”.

Eran tiempos de la próspera Corporación Minera de Bolivia (Comibol), administradora de las participaciones del Estado por medio de concesiones mineras entregadas a empresas en diversas regiones del país, una de ellas en esa pequeña población.

Por supuesto, no se hablaba ni de Facebook ni de WhatsApp, por lo que los campos deportivos eran los únicos lugares de esparcimiento y de encuentro. Y la pequeña plazoleta El Castillo (¡cómo olvidarlo!), el lugar preferido de algunos muchachos, pues allí se platicaba de mil y una cosas, no exentas de sindicalismo y política, ni siquiera de los piropos a las encantadoras damitas que por allí transitaban, sin que oyera, claro está, el padre José, párroco del pueblo.

Pero esos días apacibles del calendario habrían de tener su fecha de caducidad. Y ésta llegó: el 17 de julio de 1980. Un golpe de Estado en el país hizo que un contingente militar de boinas verdes y armado de metralletas irrumpiera en el campamento para sembrar terror y muerte. Es que los mineros jamás acatarían órdenes como aquello de “Caminar con el testamento bajo el brazo”; y siempre serían lo que dijeron ser.

Fue así entonces que el habitual bullicio del recreo en la escuelita y las pláticas en la entrañable plazoleta se transformaron en angustiantes silencios, sobre todo en horas de la noche, interrumpidos solo por el lúgubre aullido de Nerón —el perro mestizo de doña Serafina— cada vez que su aguzado oído le permitía percibir los gemidos de tortura provenientes del Comando Militar, antes oficinas del sindicato.

En estos días se creó en La Paz la Comisión de la Verdad para que busque denodadamente una entrevista con la historia y obtenga respuestas claras sobre los crímenes de lesa humanidad cometidos en épocas de dictadura. ¡Ojalá prospere! Miles de familias en todo el país sentirán al menos honrada la memoria de sus víctimas. Y Siete Suyos, también.

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