Columnistas

Silencio calculado

El mayor temor que debería tener uno en la vida es al silencio calculado para no incomodar

La Razón (Edición Impresa) / Rafael Archondo

09:31 / 17 de julio de 2017

Dentro de un par de semanas o meses, yo podría pasar a engrosar el selecto grupo de personas enjuiciadas por el Gobierno. El Viceministerio de Transparencia, dependiente ahora de la cartera de Justicia, ha despertado una acusación contra Pablo Solón, exembajador de Bolivia ante Naciones Unidas, y contra mí, que lo cooperé, aprendí de él y luego sucedí en sus funciones.  Se nos acusa, a él, de haberme nombrado embajador; y a mí, de haber figurado como tal. Nunca se dice en qué nos habría beneficiado tal opereta, pero lo que sí se afirma es que para este caso aplican el Código Penal y la Ley Marcelo Quiroga Santa Cruz. No sé si vale el ejemplo, pero es como si te sorprendieran cruzando un semáforo en rojo y usaran ese tropiezo para subirte a la silla eléctrica. 

Han transcurrido seis años de la perpetración del “delito”. En este tiempo, el Gobierno no solo consintió la supuesta falta, sino que incluso me contrató para dar clases durante dos años en la Academia Diplomática. Fernando Huanacuni, actual canciller; y Alexandra Moreira, exministra de Aguas, estuvieron en mi lista de alumnos.

Pasaron seis años, y en dos de ellos varias autoridades, entre las que estaban el Presidente y siete de sus ministros, organizaron sus visitas oficiales conmigo en razón del cargo que me encomendaron: el de encargado interino de negocios. En esos 14 meses en los que el Gobierno no designaba a su embajador, Evo fue recibido dos veces por mí en Nueva York, siempre acompañado por Sacha Llorenti, quien ya aspiraba al puesto antes de los sucesos de Chaparina. Ni una llamada de atención, ni un leve murmullo de queja. Guardo la sensación de que lo que ocurría en Naciones Unidas les resultaba anecdótico, y que aquellos viajes eran pausas para distenderse de sus agitadas tareas. El ahora canciller de Chile, Heraldo Muñoz, organizó, allá conmigo, un partido de fútbol. Jugaron Evo y él, yo miraba desde las tribunas desiertas.

¿Cuándo me convertí en un enemigo?, ¿desde cuándo empezaron a escarbar documentos hasta encontrar un mendrugo que les diera la ocasión de indigestarse con todo el poder que han concentrado en más de una década? Tengo una hipótesis de respuesta y nace de este espacio que me concede tercamente La Razón desde hace 27 años. Cuando ya me había trasladado a vivir a México, donde resido desde fines de 2015, el 25 de octubre escribí lo siguiente: “En Chaparina, el Canciller tuvo el valor de decir que no fue secuestrado, gesto por el cual sufrió un periodo de injusto aislamiento. Respetuoso de la discrepancia, crítico del socialismo autoritario y desintoxicado de las mieles del poder, David presidente podría ser la enmienda oportuna que recomponga el evismo y lo convierta en simple y llano masismo. Como debe ser”. He aquí el cuerpo del “delito”. Opino que desde aquel lunes comencé a ser, al menos para Sacha Llorenti, un sofisticado productor de “ardides” de la derecha orientados a dividir al MAS (La Razón, 1 de noviembre de 2015).  Exagera. Carezco del poder para hacerlo. El MAS es patrimonio de sí mismo y su retorno a la cordura no será fruto de columnas de opinión.

Hoy en que se recuerdan 37 años del golpe de García Meza, el mayor temor que debería tener uno en la vida es al silencio calculado, a esa voz interior que te aconseja callar para no incomodar, para fingir un consenso que solo es producto de la prudencia y la autoprotección. No hemos nacido mudos y ese puede ser, a veces, un desarreglo de personalidad. Que la palabra certera nos ampare. Envío mi afecto y admiración al insobornable Pablo Solón, y declaro su inocencia y la mía, como abono de mejores cosechas.

Es periodista.

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