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Silencio, por favor

La Razón (Edición Impresa) / Foro - Mónica Briançon Messinger

03:00 / 04 de mayo de 2015

Al parecer pocos saben que cada 29 de abril se celebra el Día de la no bocina; y mundialmente cada 12 de abril, el Día internacional sin ruido. En algunas ciudades de Bolivia se preparan actividades para concientizar a la ciudadanía sobre los altos índices de contaminación acústica existentes en la actualidad y sobre los riesgos que implican para la salud. Un ejemplo de ello es la Alcaldía paceña, que a través de la guardia municipal y de la Secretaría de Gestión Ambiental, con la participación de otras entidades como colegios, universidades y miembros del Organismo Operativo de Tránsito, están tratando de promover el Día sin ruido y sin bocinas.

La OMS advierte que “la civilización del ruido atenta contra la salud”, y recuerda que es un tipo de contaminación que no se acumula ni traslada, repercutiendo muy fuertemente en la calidad de vida, y por ende, en la salud de las personas si es que no se controla de manera adecuada.

El ruido es uno de los inconvenientes más extendidos y en crecimiento, y muchas veces ni siquiera las legislaciones de los países son capaces de atender este fenómeno de manera debida. Entre las alteraciones en el oído se tienen casos de vértigo y pérdida de equilibrio. El ruido también tiene que ver con alteraciones fisiológicas de los aparatos circulatorio, digestivo, respiratorio y endócrino; así como con alteraciones psicopatológicas que inciden en la calidad del sueño y de la memoria. Lo peor de todo ello es que las causas más importantes que hacen a esta anormalidad son producto, casi en su totalidad, de la actividad humana.

Para los expertos, la contaminación acústica es la segunda causa más importante que afecta a las personas, solamente detrás de la polución atmosférica. Supuestamente el límite máximo deseable de ruido es de 70 decibelios (dB). El rango del sonido de una respiración tranquila es de 0 a 10 dB; el apacible sonido de los árboles está entre 10 y 20 dB; cuando hablamos en voz baja, de 30 a 40 dB; el sonido de la misma conversación, pero en voz alta, está entre 40 y 50 dB. El ruido de la gente en un micro va de 50 a 60 dB; y 65 decibelios es el límite entre el sonido aceptable y los ruidos. El ruido de un electrodoméstico o de un ferrocarril oscila entre 70 y 80 dB; el “clásico” ruido del tráfico de una ciudad va de 80 a 90 dB. Un taladro o una moto al encender generan un ruido de 90 a 100 dB. El ruido en una discoteca va de 100 a 110 dB. Un motor de aviación mientras está en tierra genera un ruido que va de los 110 a los 120 dB; un avión al despegar o al aterrizar,  de 120 a 130 dB; y a partir de los 130 dB está el umbral de dolor acústico.

Conociendo estos rangos, estimado lector, ¿dónde cree que nos encontramos? ¿Considera que vivimos en lugares con poca o alta contaminación acústica? ¿O le parece que más bien vivimos a los gritos, haciendo que nuestra sana convivencia sea cada vez menos sana y más parecida a una locura citadina, donde lo único que queda es gritarnos los unos a los otros, a ver si así logramos entendernos?

¿No le parece oportuno que, al menos por un día o una semana, dejemos de tocar la bocina so pretexto de avisarle al otro que la luz del semáforo ya ha cambiado, o para decirle a un asustado peatón que “por ahí no se cruza”, o para pedirle a su señora que le abra la puerta del garaje? ¿O qué tal si evita gritar a sus familiares, amigos, compañeros de trabajo? Recuerde que si la palabra es de plata, el silencio es de oro.

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