Columnistas

Síndrome de Stendhal

Frente a las expresiones de nuestra cultura urbana nos invade un arrebato de festividad corporal

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Villagómez

02:04 / 01 de septiembre de 2015

A principios del siglo XIX, el escritor francés H. Beyle (conocido por el seudónimo Stendhal), un romántico rematado hasta la ñoñería, se fue de viaje a la ciudad italiana de Florencia, y de ver tanta belleza le dio un patatús que se conoce, en el mundo de la psiquiatría, como el síndrome de Stendhal. Según los especialistas, se trataría de un padecimiento ocasionado por una sobredosis de belleza: “una enfermedad psicosomática que causa taquicardias, vértigo, confusión, temblor, palpitaciones, depresiones e incluso alucinaciones cuando el individuo es expuesto a hermosas obras de arte”.

A raíz de semejante enfermedad, me preguntaba si nuestros visitantes, ñoños o condescendientes avantgarde, han sufrido algo parecido al ver La Paz. No tenemos reportes de ningún caso con tal síndrome, pero sí de miles con taquicardias producto del sorojche, nuestro mal de alturas que hizo arrodillar hasta a Messi.

¿Se puede catalogar de bella a esta ciudad? De ser así, ¿bajo qué canon se juzga a esta urbe como bella o fea? Más aún, ¿la belleza es universal? Y mucho más, ¿puede Occidente dictar la belleza planetaria?

Para responder a semejantes cuestionamientos expresaré honestamente lo que, creo, sentimos ante la “belleza” (entrecomillas por su plasticidad teórica) de nuestro arte y nuestro sitio. Cuando entramos a un salón de fiestas de un cholet, no nos embarga un vértigo estético, ni confusión o palpitaciones, por el contrario: “se nos abre la tripa”. Cuando presenciamos la entrada del Gran Poder no nos vienen depresiones o angustias existenciales, ni estamos enfermos de preciosidad, más bien: “queremos saltar como pipocas”.

En suma, cuando estamos frente a las expresiones de nuestra cultura urbana, no padecemos del síndrome de Stendhal, nos invade un arrebato de festividad corporal. Son reacciones disímiles que nacen de filosofías opuestas: entre el razonamiento de la belleza occidental, como un fenómeno externo, versus la expresión corpórea, visceral, pleno de carnalidades de nuestras manifestaciones artísticas. De ahí que feo o bonito, a la usanza eurocentrista, es algo que no nos importa. Estamos en la línea del cuerpo antepuesto a la razón, tal como lo plantean algunos filósofos actuales.

Otra cosa es nuestro arrebato por el sitio. Creo que esa reacción tiene más del mito de la Medusa que de cualquier síndrome. Nuestra cordillera es como una diosa implacable con una cabellera de montañas sibilinas, que si las miras quedas petrificado. Y así es. Cuando ves a La Paz desde las alturas quedas paralogizado. Te has atrevido a ver las pupilas de la serpiente Amaru y, por ello, pagas solidificándote como los macizos que te rodean.

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