Columnistas

Siria

Siria se ha convertido en una pesadilla geopolítica para moros y cristianos.

La Razón (Edición Impresa) / Pablo Rossell Arce

00:08 / 09 de junio de 2013

Lo que seguramente muchos de nuestros lectores y lectoras que se dan tiempo para tener un pantallazo global, cuando escuchan la palabra “Siria”, probablemente imaginan a un gobierno autoritario, aplastando a sangre y fuego una rebelión pacífica de fuerzas de oposición. En esa imagen, las cosas quedan claras: el gobierno de Bashar Al Assad es “el malo” y los rebeldes de la oposición son “los buenos”. Para mayor estereotipo, los EEUU han expresado explícitamente su deseo de un “cambio de régimen” en Siria. Ya el mundo tiene algo de experiencia con los “cambios de régimen”. Hoy en día es muy difícil decir que hay “otro régimen” en Libia, tal como es difícil decir que hubo un “cambio de régimen” en Irak o en Afganistán.

Volviendo al último punto rojo del Medio Oriente, Siria se ha convertido en una pesadilla geopolítica para moros y cristianos. Ya van tres resoluciones duras de condena al régimen sirio, propuestas ante el Consejo de Seguridad de la ONU por EEUU y sus aliados, que han sido vetadas por Rusia y China. Concentrémonos en Rusia, el más firme y visible defensor de Siria en el panorama internacional; ha apoyado explícitamente al régimen de Al Assad no sólo en el campo diplomático, sino también en el campo militar. ¿Qué tanto tiene Siria, para comprometer de tal manera la voluntad de Rusia? Damasco está a 3.500 kilómetros de Moscú; Siria y Rusia no comparten fronteras; tampoco hablamos de dos socios comerciales altamente codependientes. ¿Cuál es el meollo de la cuestión?

Una primera y fácil respuesta viene dada por la localización del puerto de Tartus; puerto que tiene la particularidad de albergar la única base militar rusa con salida al mar Mediterráneo (y, por ende, al sur de Europa). No parece sensato apoyar un “cambio de régimen” que puede derivar en un “no régimen” que dejaría a Rusia sin un enclave militar importante.

Pero, escarbando un poco más, hay quienes dicen que un problema más importante que el del enclave militar es la inexistencia de una salida certera para cualquier acción dirigida a un “cambio de régimen”. Las fuerzas de oposición en Siria tienen como cabeza visible a la hermandad musulmana, liderando un conjunto de actores de origen suni, que podrían continuar la carnicería, atacando a la minoría alauita, a la que pertenece Al Assad, e iniciar una pugna interna que llevaría a Siria aún más lejos de la estabilidad política. Esta inestabilidad contagiaría a las naciones caucásicas, situadas peligrosamente al sur de Rusia. Por supuesto, no todo es poder, el dinero también importa. Rusia es el principal abastecedor de gas para Europa; los europeos han intentado generar un acuerdo con Catar para tener otro proveedor de confianza. Para llegar a Europa desde Catar se necesita, entre otras cosas, pasar por Siria y Al Assad ha bloqueado esta iniciativa.

Entretanto, la situación parece no tener salida. Por un lado, Rusia se ha aliado a un régimen que ya ha perdido la capacidad de controlar su territorio. Por otro lado, EEUU y sus aliados se enfrentan al dilema de no intervenir y, por lo tanto, no controlar Siria; o intervenir y, de todos modos, no poder controlar Siria.

Kofi Annan ha planteado una propuesta de solución de seis puntos, enfatizando la necesidad de una salida pacífica (alto al fuego inmediato, de todas las fuerzas) y pactada (compromiso para trabajar un proceso de diálogo político conducido por los sirios). ¿La solución pacífica y pactada de Kofi Anan dará una salida aceptable? Por una vez en la vida, probablemente sea lo mejor intentarlo.

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