Columnistas

¿Sirvió de algo el referéndum?

Las amenazas a la libertad de expresión y las tentaciones autoritarias restan en vez de sumar.

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Soria Galvarro

03:07 / 27 de septiembre de 2015

Las interpretaciones sobre los resultados de la consulta recién pasada son muy ilustrativas sobre la versatilidad y a veces irracionalidad de la política. Los mismos datos numéricos irrefutables originan opiniones radicalmente contrapuestas. Uno termina dudando si quienes lanzan esos criterios están realmente en sus cabales, adolecen de incurable miopía o mienten deliberadamente. En todo caso, salta a la vista que la mayoría de ellos reemplazan la realidad por sus propios deseos. Quizá algunos ensayan una comedia protagonizando sus respectivos roles en el “escenario” político, bajo la errónea suposición de que los ciudadanos somos espectadores pasivos y tontos, incapaces de distinguir las cosas y detectar las incoherencias de unos y otros.

Para los opositores, los frutos del referéndum son sin más un sopapo al Gobierno, un contundente rechazo a sus afanes prorroguistas. No lo llegan a decir expresamente, pero estarían muy contentos si los embates de la crisis internacional rompieran la estabilidad interna del país, creando situaciones descontroladas y una convulsión social extraordinaria, apta para derrocar al régimen y dar por concluido el proceso de cambios que el país comenzó a vivir desde 2006. Tampoco lo dicen, faltaba más, pero en el fondo se sentirían mejor si la Corte Internacional de Justicia hubiera dado la razón a Chile, pues saben que el inobjetable triunfo boliviano, quiérase o no, suma puntos al bando gubernamental. A falta de propuestas, el No les viene como anillo al dedo, no vacilan en adjudicárselo como propio y se hacen ilusiones con respecto a la supuesta extrema debilidad del Gobierno.

Para el oficialismo, la interpretación de lo que ocurrió es de un simplismo rayano en el absurdo. La gente desdeñó los avances autonómicos y se habría pronunciado no solamente a favor de dejar las cosas como están, sino en pro de reforzar los rasgos centralistas de funcionamiento del Estado. A fuerza de sofismas una derrota se la quiere convertir en victoria, sin tomar en cuenta que en todos los casos la posición y la campaña oficial eran por el Sí, y las urnas dijeron con toda claridad No en los cinco departamentos consultados, en uno de los tres municipios y en una de las dos posibles autonomías indígenas. Quienes así piensan soslayan el hecho de que, en general, el rumbo actual del proceso se ha vuelto errático y contradictorio, ha perdido impulso y es cada vez menos capaz de seducir y movilizar a los grandes sectores de la sociedad. No perciben que decir una cosa y hacer todo lo contrario es lo primero que la gente advierte en el comportamiento de los personajes políticos. Ignoran el efecto negativo de los casos reiterados de corrupción sin un combate efectivo. No advierten que las amenazas a la libertad de expresión y las tentaciones autoritarias restan en vez de sumar. Suponen que no provoca cansancio y rechazo la machacona y costosa campaña electoral permanente que impregna la gestión de gobierno, ni las inoportunas, apresuradas y prematuras acciones por la repostulación (¡tantas cosas podrían ocurrir, a favor o en contra de modificar la Constitución, en los más de cuatro años que faltan para las próximas elecciones!).

A pesar de las objeciones que se le pueda hacer y de su alto costo monetario, el ejercicio valió la pena. Baja abstención y escasos votos nulos y blancos dicen que la ciudadanía no quiere ser ignorada ni suplantada por las élites. En el futuro, los estatutos y cartas orgánicas que consoliden y amplíen la descentralización en todos los niveles tendrán que ser mejor trabajados, con más transparencia y participación. O no serán.

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