Columnistas

¿Smart city? ¿Smart country?

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Villagómez

00:00 / 02 de enero de 2018

En las nuevas tendencias urbanísticas se habla de ciudades inteligentes (smart cities), y de otras tendencias sobre el futuro de las ciudades ligado a la tecnología. Todas se basan en el conocimiento, en tiempo real, de los problemas urbanos y sus soluciones. Con la ayuda de las últimas tecnologías se podrán relacionar y reaccionar a los múltiples problemas de la complejidad urbana: crecimiento, energía, agua, propiedad, catastro, medio ambiente, salud, educación, transporte, seguridad ciudadana y un interminable etcétera. Sumando smart cities, un smart country (país inteligente) es inevitable.

Parece ciencia ficción, pero ya avanzamos en esa dirección. Nos comunicamos al toque y cada día se mejoran los servicios en red, sean municipales, estatales o bursátiles. Puedes pagar tus impuestos desde tu casa, y hasta conozco personas que hacen millonarias transacciones tirados en cama.

Por todo ello, un futuro conectado al mundo es ineludible. Pero, como ese futuro se basa en la interconectividad plena y abierta, tenemos un obstáculo que amenaza nuestra incorporación al desarrollo universal: las empresas estatales y privadas de servicios de telefonía celular e internet. Son una mezcla diabólica entre lastre y latrocinio. Primero, porque nos roban con las tarifas que nos clavan (de las más caras del planeta); y segundo, porque es el servicio más lento e intermitente de todos. Pagamos salado por una gigantesca tortuga.

Valga mi experiencia personal. El mes anterior, según los datos de la empresa, “consumí” todo mi plan pospago de Bs 250. Por ello, tuve que cargar Bs 50 más para un plan semanal y Bs 20 adicionales para llamadas telefónicas. Total: Bs 370. Estos pagos adicionales sirvieron para saldar, además, unas deudas que se arrastran por caer en sus famosos paquetes “promocionales”. A pesar de ello, se terminó mi plan de datos y de telefonía antes de fin de mes. Fui a la empresa para recibir explicaciones. Indiqué al encargado que no bajo música, ni películas, ni me cuelgo a YouTube como adolescente. El encargado, que por mis canas supuso que soy un ignorante digital, me mostró envanecido su pantalla: “Google es lo que más consume, aquí está, véalo”. Ante tal obviedad pensé: “oye imberbe, navegó en la red desde que eras bebé de pecho”.

Pero el problema no es mi experiencia personal. El problema, en un país mediterráneo, es permitirles a estas empresas que sean obstáculos en nuestro camino hacia al futuro, sabiendo, además, lo que amasan sin sonrojarse. La comunicación es vital, y una sociedad sin comunicación global, libre y abierta es como un país sin caminos, sin ríos, ni autopistas.

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