Columnistas

Soberanía alimentaria

La mujer tiene una relación intrínseca con la seguridad y soberanía alimentaria

La Razón (Edición Impresa) / Arcilla de papel - Lourdes Montero

04:07 / 14 de abril de 2014

Recientemente, bajo el título “Soberanía alimentaria desde las mujeres”, Bishelly Elías A. nos presenta una investigación realizada con 250 mujeres de distintos municipios del valle de Tarija, el Chaco guaraní, Santa Cruz y La Paz.

En ella reseña la definición de soberanía alimentaria acordada por la Confederación de Mujeres Campesinas Bartolina Sisa, que refiere a “el derecho de nuestros pueblos a decidir qué, para quién y cómo producir (…) sin lastimar a nuestra Madre Tierra (…). El derecho de nuestros pueblos a generar mecanismos propios de distribución e intercambio de alimentos (…). El derecho de nuestros pueblos a consumir alimentos de calidad, pero desde nuestros propios saberes de nutrición, accesibles, con precios justos (…)”.

Partiendo de esta definición, a lo largo del libro la autora nos lleva a través de los distintos territorios del país para mostrarnos cómo las mujeres enfrentan una serie de estructuras económicas y sociales que impiden el cumplimiento de estos derechos. Y es que la vida cotidiana de las productoras es la mejor ventana para observar toda la complejidad vinculada al derecho a la alimentación humana.

Así, se discuten los problemas vinculados a la tenencia de la tierra, su uso en territorios comunitarios y los conflictos por el avance de las ciudades en tierras productivas. Se plantea como problema central la gestión del agua y las consecuencias de su escasez o exceso. Se discute el uso de energía, sobre todo porque en el campo el 90% se destina a la preparación de alimentos y se describe el trabajo, en su concepción más amplia, referido al sistema de producción y al cuidado requerido por la reproducción de la sociedad. Así también vislumbramos los conflictos vinculados a la comercialización y podemos seguir las huellas de profundos cambios en los hábitos alimenticios bolivianos.

Y es que la vida de las mujeres tiene una relación intrínseca con la seguridad y soberanía alimentaria. En el libro podemos constatar cómo ellas siguen, día a día, en jornadas de 16 hasta 18 horas de trabajo, sosteniendo la vida de sus familias a través del  despliegue de decenas de estrategias que combinan la producción, transformación y comercialización de alimentos.

Una constatación preocupante de la investigación es que en las cuatro regiones ninguna de las entrevistadas pudo identificar una política pública de soporte al trabajo de las mujeres rurales. Si bien han reconocido el apoyo de sus organizaciones sociales “con capacitación, orientación en poder desarrollarnos como mujeres, dejar de ser tímidas, saber de leyes (…)” expresan una profunda frustración en su relación con el Estado, en los niveles nacional y subnacional, por “muchas promesas pero poco trabajo concreto”.

Sembrando y cosechando “según los ciclos de la luna”, expresando su rabia porque “para el INRA es solo un pedazo de tierra donde sembrar y nosotras sabemos que la tierra está viva”, preocupadas porque “cuando yo muera, mis hijos como gatos se peleen el terreno” en este libro se escuchan las voces de las productoras en una temática —el desarrollo rural— que fue tradicionalmente masculino y que hoy cada vez más constatamos se encuentra en manos de miles de mujeres.

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