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Sociología del Facebook

Usado con moderación, Facebook puede ser benéfico, o funesto si se hace de él una adicción

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Antonio Carrasco

00:00 / 01 de marzo de 2014

Cerca de 1.000 millones de personas se leen unas a otras en la más popular de las redes sociales, porque ésta les brinda la ocasión de conservar sus amistades y relaciones, encontrar antiguos lazos y atar nuevos. Pero el motivo principal es compartir sus angustias y frustraciones con el prójimo desamparado, así sea un desconocido corresponsal, para entregarse a una terapia de grupo de dimensión universal.

Los ratos que estoy ocioso, que no son los más del año, me entretengo leyendo y escribiendo comentarios en mi muro y en los ajenos, la mayor parte ensayando humor negro, ironía venial o regalando precisiones a escribidores falsarios. Me divierte ver las fotos de algunas damas cuya mejor sonrisa no les devuelve su encanto de juventud de antaño. Entonces, cambian su perfil y explayan retratos tomados 20 años antes, para invocar opiniones tolerables que alaben su belleza. Caballeros, ahora calvos, publicitan figuras con cabelleras copiosas y juran que son ellos mismos, pero captados en su época colegial. Otros se ufanan por el bigote arrogante. Más modestos, ciertos padres de familia posan, cual patriarcas, con sus hijos y sus nietos, ostentando el porte de cada uno de ellos, para la posteridad del día. Una adherente a la red adquiere la fama de protectora de animales y trata de imponer su pasión a los curiosos, colocando, alternativamente, la imagen de sus mascotas y de sus parientes, confundiendo a la clientela.

Los artistas exhiben sus cuadros invendibles; los poetas inscriben los sonetos que cometen confidencialmente; políticos astutos lanzan globos de ensayo de iniciativas inéditas, para evaluar la reacción de la ciudadanía; y comerciantes inescrupulosos insertan propaganda para sus mercaderías. Además, las malas lenguas encuentran una tribuna libre para circular temerariamente sus chismes y sus calumnias, trucan fotos y exudan sus odios retenidos. Los más usan sus verdaderos nombres, los cobardes se escudan en identificaciones apócrifas, lo que no les impide ser tomados en serio.

Existen varios internautas que cuelgan en su muro la ilustración de platos que comieron en el restaurante y de frutas o pasteles de su gusto. Solo pocas personas comparten sus penas, como una amiga francesa que por meses se mostró al lado de un apuesto galán que terminó por casarse con ella. Colgó las fotografías de su boda, de la tradicional torta, de los invitados. Poco tiempo después inició un divorcio al flamante marido, acusándolo de tremendas atrocidades cometidas en la alcoba. Sus amigos comentaban,  consolándola o lanzando feroces inventivas contra el indiciado.

Entretanto, aparecen nuevos rostros con sonrisas fingidas, anunciando un matrimonio, un nacimiento o un viaje. Motivo de consternación general son las defunciones.

En este último trance, Facebook promueve la solidaridad humana tan necesaria para paliar aquellos “golpes como del odio de Dios” que recitaba Vallejo.

Proliferan las fotografías donde los y las viejas evitan mostrar el cuerpo entero y nunca revelan el diámetro de sus abdómenes. Los jóvenes exhiben sus músculos y las chicas sus glúteos.

La red además brinda puentes sentimentales, provocaciones eróticas y hierbas exóticas. Con todo, ofrece una función social imprescindible: estimula la conversación inmóvil, acepta las reacciones más agresivas de los participantes y es depositaria de las esperanzas de la mayoría y de la vergüenza de unos pocos. Reemplaza al psiquiatra, al psicólogo y al cura, registrando pacientemente las cuitas de sus asociados y restaurando la autoestima en ciertos perdedores anclados en la retaguardia de la vida.

En el terreno político, Facebook cumple también una misión catalizadora, uniendo a gente que piensa igual o convocando a manifestarse a militantes y a indecisos para ocupar plazas y tumbar gobiernos despóticos como se hizo en Ucrania y se trata de hacerlo en Venezuela. Por último, usado con moderación, Facebook puede ser benéfico, o funesto si se hace de él una adicción.

Es cientista político y miembro de la Academia de Ciencias de Ultra-mar de Francia.

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