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Sodoma

Urge disponer medidas rigurosas que acaben con la perversión cada vez más extendida en Yacuiba

La Razón / José Gramunt de Moragas

00:10 / 14 de noviembre de 2012

Quién no ha oído hablar de las desaparecidas ciudades del extremo oriente Sodoma y Gomorra, donde se desplegaban todos los vicios y depravaciones imaginables? Pues algo parecido está ocurriendo en Yacuiba. Basta echar una leída al capítulo 18 del Génesis, para imaginar cómo vivía la gente que habitaba aquellas ciudades perversas. Dios reveló a Abraham que si los habitantes no se convertían, destruiría la ciudad haciendo llover fuego y azufre. Abraham intercedió para evitar el castigo. Yavé puso la condición de que, si podían mostrarse a 50 hombres justos se evitaría el castigo. No hallándose los 50 justos, Dios rebajó su condición a sólo diez. Tampoco los encontró. Entonces envió a unos ángeles con el fin de convertir a los perversos sodomitas. Ni los ángeles lograron la conversión de la ciudad perversa. Entonces Dios mandó llover fuego y azufre. Así terminó la historia de Sodoma y Gomorra.

Ya sé que no es cosa baladí interpretar las Sagradas Escrituras y aplicarlas a circunstancias tan distintas como son las de actualidad. Pero considerando que la ciudad de Yacuiba se ha convertido en un centro de corrupción, es oportuno analizar, aunque sea brevemente, las causas.

Todo el mundo conoce el hecho del negocio de la droga, y sus complicidades con el contrabando y la prostitución; en pocas palabras, el general desenfreno de las costumbres. Y todos juntos van ganando terreno, más allá de la observancia de las normas elementales de la moral pública y del cumplimiento de la ley. El Gobierno está obligado a disponer medidas rigurosas que acaben con la perversión cada vez más extendida.

Vamos ahora a lo más concreto, el asalto a radio Popular, de la mencionada ciudad fronteriza y a los graves daños causados a su director, Fernando Vidal, y a la operadora Karen Anze Delgado que sufrieron quemaduras hasta de tercer grado causadas por unos encapuchados. Las dos víctimas merecen los mejores cuidados para su pronto y total restablecimiento. Pero, además, esta barbarie suscita la pregunta de siempre: ¿A quién aprovecha? La respuesta es la de siempre. Es un aviso de unos facinerosos que se proponen silenciar la campaña de radio Popular contra el vicio, el crimen y la corrupción.

Este comentario podría terminar aquí. Sin embargo, quiero aprovechar la oportunidad para recordar que en mayo de 2004, cuatro policías de Diprove fueron asesinados en Uyuni por unos contrabandistas de vehículos que hoy llamamos auteros. En febrero de este año, los hermanos y periodistas Víctor Hugo y Verónica Peñasco fueron asesinados por unos cogoteros. Vistos los desmanes de la delincuencia que se va extendiendo (y no he citado los últimos descuartizamientos de personas), bien merecen que el Gobierno, una vez llevada a cabo una seria pesquisa, aplique todo el rigor de la ley, y por esta vía se dé seguridad a la gente honrada que vive de su trabajo y no se mezcla con las bandas de delincuentes.

Por último, la Conferencia Episcopal de Bolivia, en su mensaje al pueblo de Dios, ha coincidido en la gravedad de los problemas que afligen al país: la inseguridad ciudadana, el crecimiento del narcotráfico y una pobreza persistente.

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