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Sol

Somos hijos del Sol por las condiciones geográficas que nos hieren la piel y nos queman el alma

La Razón / Carlos Villagómez

00:06 / 26 de junio de 2012

Cuando debo escribir sobre los temas que me competen en días tan amargos como éstos, recuerdo la letra de Silvio que dice “la ciudad se derrumba y yo cantando, la gente que me odia y que me quiere no me va a perdonar que me distraiga...”. Ni modo, es lo que me corresponde. Siempre sostengo que, más bien, los temas de la política cavernaria no deben distraernos y, con tal justificativo, escribiré sobre nuestra relación con el Sol.

Es ocioso reiterar su importancia  en todas las civilizaciones, pero a raíz del último solsticio de invierno, deseo expresar algunos conceptos que nos hacen particularmente tan “solares”. Tener un sol ferozmente radiante, sobre una bóveda de un celeste tan intenso que ya se torna azul, y gozar de una visibilidad kilométrica es privilegio de esta ciudad andina y de la capital del Tíbet: Lhasa. Nos hermanan los casi 4.000 metros de altitud sobre el nivel del mar que compartimos: somos seres de la montaña. Esa cercanía al Sol ha generado creencias y cosmovisiones tan inamovibles que cada 21 de junio nos sorprende por la fuerza y la fantasía en que se desarrollan los nuevos relatos.

Va un ejemplo: según un experto aymara (ataviado con plumas por todas partes) que fue entrevistado por un canal de televisión no sólo cumplimos 5.520 años sino que, como mínimo, cumplimos 150 mil años. Pero, más allá de esta pelea entre calendarios, debo recordar que unos académicos aymaras afirman que este resurgimiento del Willka Kuti se inició en aulas universitarias allá por los 70’. A esos movimientos pioneros debemos evocar acciones como las de Carlos Palenque, quien levantó sus manos hacia el sol naciente, un 21 de junio en Tiwanaku, para inmortalizar un gesto que ahora forma parte indispensable del ritual del solsticio.

Esta recuperación de prácticas ancestrales tiene apenas 40 años, pero la vemos crecer en nuestra sociedad urbana en progresión geométrica; y si uno piensa que todo esto es una tontería o una vulgar superchería, se equivoca. Aquí se está debatiendo la base filosófica de toda sociedad humana: la religión y las creencias. En lo personal, me gusta recordar que somos hijos del Sol por las condiciones geográficas que hieren tu retina y tu piel de manera tan intensa como te quema el alma.

Estamos marcados por nuestra estrella como se marca al ganado: a fuego. Y de ello te acuerdas cuando viajas a otra latitud geográfica y cambias de hemisferio. En ese invierno europeo, cuando ves por instantes cruzar en el horizonte un tímido foco de 40 watts que lo llaman “sol”, para luego perderse en un interminable manto de nubes y oscuridad, recuerdas el sol invernal de esta ciudad. Te acuerdas de su intensa radiación que contrasta ferozmente la luz y la sombra, el calor y el frío, y aceptas que por eso eres bipolar.

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