Columnistas

La Sole y sus agallas

La Razón (Edición Impresa) / La H Parlante - Rafael Archondo

03:15 / 08 de junio de 2015

Funcionaba como pieza de relojería. El dirigente se aprovisionaba de sus propias bases sociales, algo único o al menos raro en el mundo. Para llegar a adquirir la calidad de conductor de vecinos, el aspirante a tal categoría localizaba algún descampado apto para plantar viviendas destinadas a varias decenas de futuros citadinos. Luego, de modo persistente, empujaba los trámites ante las autoridades ediles y las empresas proveedoras para que el potencial barrio consiga agua, luz, cordones de acera, escuela primaria, cancha reglamentaria y hasta posta sanitaria. Los constructores de El Alto fueron de esa estirpe.

“Una pampa de tierra, la hemos vuelto ciudad”, acaba de decir el diputado Rubén Chambi a la Agencia de Noticias Fides. Es su manera de describir el impulso que él le habría dado al barrio Mariscal Santa Cruz de Viacha. Los constructores de las ciudades andinas pueden hacer brotar vecindarios a puñetes, si es necesario. A Chambi, el empuje le ha resultado lucrativo: tres millones de dólares de un solo saque, como ha confirmado orgulloso este legislador, dentro de poco, el más próspero de la Asamblea.

Pero claro, para hacer carrera como dirigente vecinal hace falta algo más que tiempo libre. Con el paso de los años, el oficio se fue sofisticando. Los urbanizadores informales han conformado una entidad matriz, la Federación de Juntas Vecinales (Fejuve), donde se dirigen todos en busca de un sello, una carta, un aval. Basta con sentarse un par de horas en sus oficinas para darse cuenta de que aquella es una alcaldía paralela.

El poder de los dirigentes rozó cúspides ascendentes y sucesivas a medida que iban rotando los alcaldes. Cada uno hizo un pacto similar con ellos basado en la lógica del intercambio de favores. “Reciprocidad andina” para los incautos, “acuerdos corporativos de índole mafiosa” para los implacables.

¿Cuáles son las prestaciones en este juego? Primero, las autoridades obtienen respaldo social activo, o mejor dicho, una garantía de que no serán derrocadas por un fulminante plan de humeantes bloqueos generalizados. “Si han botado a un presidente, cómo no van a poder botar a un alcalde”, se sentencia con frecuencia para sacarle filo a cualquier amenaza. Segundo, los dirigentes se hacen dueños de una parte de la administración local, la lotean como lo hicieron antes con las pampas. Una hilera de documentos ha probado este extremo. De ese modo el urbanizador informal se coloca en el lugar más confortable de la ecuación: designa funcionarios sin responsabilizarse de sus actos.

Con algo más de destreza, el dirigente monta una red privada de recaudaciones que abarca desde las planillas hasta las obras. A la larga termina cobrando por acomodar personal, pero también por dar luz verde a las empresas contratadas.

Como paraguas final para retener lealtades, el dirigente funge como pasante mayor de la fraternidad folklórica de la zona y corona su proyecto de vida controlando un escaño parlamentario. Su siguiente paso consistirá en convencer de que tiene y digita el teléfono directo del Presidente, lo cual lo llevará a maximizar su rendimiento a niveles inalcanzables para sus pares.

A esta maquinaria se enfrenta ahora la Alcaldesa. La Sole ha elegido empezar por lo más difícil, quizás porque quiere usar, en la batalla, su macizo respaldo electoral, aún lozano. Agallas le sobran, queda claro.

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