Columnistas

¿Solidaridad natural?

El egoísmo puro destruye a los que nos rodean, y nuestra felicidad depende de ellos

La Razón / Tzvetan Todorov

01:04 / 18 de agosto de 2012

A la población de los Estados europeos se le pide sin cesar que acuda en ayuda de quienes están aún peor, ya sean víctimas de desastres naturales, o de guerras civiles e internacionales, o del abandono de sus dirigentes. ¿Pero dónde encontrar razones para auxiliar a los demás y, por tanto, aceptar los sacrificios?

Primera respuesta que sugiero: en la moral. La gran tesis de las religiones monoteístas, recuperada por la mayoría de las corrientes filosóficas, es que la naturaleza humana es perversa; si el hombre fuera virtuoso desde el principio, ¿para qué íbamos a molestarnos con tener un dios? Según esta perspectiva, la moral es una adquisición tardía y artificial; el comportamiento de los animales es obligatoriamente feroz, y el progreso de la humanidad consiste en librarnos de nuestra condición animal. Sin límites, control ni educación, los seres humanos se comportan de forma puramente egoísta, son agresores sin escrúpulos, dedicados durante toda su vida a la lucha por mejorar su posición.

Esta oposición entre naturaleza y moral, realidad y voluntad, entraña un riesgo: que renunciemos a construir un dique para contener nuestros deseos y nos conformemos, en cambio, con lo que la ciencia nos enseña sobre la naturaleza del mundo. Los defensores de esta opción creyeron tener un firme apoyo en las teorías de Darwin y sus discípulos sobre la evolución de las especies. Si, para mejorar la especie, los demás animales eliminan a los débiles y defectuosos, ¿no deberíamos proceder de la misma manera en el caso de los seres humanos? Durante las primeras décadas del siglo XX, numerosos países occidentales (Estados Unidos, Canadá, países escandinavos) votaron leyes eugenésicas y llevaron a cabo esterilizaciones forzosas. La Alemania nazi adoptó una política de exterminación de personas y razas consideradas inferiores.

En nuestros días trasladamos esos mismos principios a otros terrenos: si competir es la verdadera expresión de la vida, dicen los teóricos del neoliberalismo, la mejor sociedad es la que deja rienda suelta a la competencia y el mercado libre de cualquier restricción. En realidad, la posición de Darwin es mucho más compleja. Después de renunciar de forma categórica a toda idea de proyecto divino y, por tanto, de progreso, ya sea el de la Providencia o el de la Historia, Darwin insiste en que la diferencia entre los animales y los humanos es una diferencia de grado, no de naturaleza. Los fundamentos de la moral también están presentes en las demás especies. Y desde hace varios decenios, unos innovadores trabajos realizados por primatólogos, especialistas en la prehistoria y antropólogos que investigan a poblaciones de cazadores y recolectores han comprobado la presencia, en los orígenes de la especie humana, de unas actitudes de compasión y cooperación sin las que nuestros ancestros no habrían podido sobrevivir.

Al mismo tiempo, basta mirar alrededor para ver que las relaciones humanas no se rigen sólo por la cooperación generosa. La naturaleza no nos obliga a pelear todos contra todos, pero tampoco a mostrar una buena voluntad sistemática. El buen salvaje es tan imaginario como el salvaje malo. Los dos tipos de comportamiento tienen su origen en nuestra naturaleza animal, pero el predominio de uno u otro depende de las circunstancias. El error consiste, ante todo, en ignorar uno en detrimento del otro. Ocurre aquí como con la eterna disputa entre lo innato y lo adquirido, lo dado y lo buscado: aferrarse a uno de los términos para excluir el otro puede tener consecuencias desastrosas. A la idea nazi de que las personas se reducen a su herencia biológica corresponde la convicción bolchevique de que la voluntad no tiene límites y que, tanto con las plantas como con los seres humanos, siempre se puede lograr el resultado deseado. Así es como Rusia se cubrió de una red de campos en los que se suponía que se reeducaba a la población.

Las reacciones morales de compasión y cooperación dependen en particular de tres variables: el grado de proximidad entre el bienhechor y el beneficiario; el lugar que ocupa la víctima en la escala de poder; la gravedad del desastre. La ayuda mutua es evidente entre familiares próximos, está consagrada en la ley entre conciudadanos (solidaridad con los jubilados y enfermos) y está presente pero es problemática entre los países de la Unión Europea. En cuanto al resto de la humanidad, sólo figura en caso de una desgracia inmensa, como un tsunami o un genocidio, o cuando se trata de víctimas impotentes, por ejemplo niños. Por otro lado, la caída de los que eran poderosos, en lugar de despertar compasión, suele suscitar en la mayoría de nosotros una especie de júbilo, como si se hubiera restablecido el orden en el mundo. Los hombres-hormigas no se compadecen de la desgracia de los hombres-cigarras, a los que consideran responsables de su propio destino.

El llamamiento a la moral natural no siempre basta para superar nuestro egoísmo. También puede intervenir la razón para demostrarnos que la búsqueda del interés inmediato impide defender nuestros intereses a largo plazo. El egoísmo puro destruye a los que nos rodean, y nuestra felicidad depende de ellos: necesitamos que nos quieran, como necesitamos amar.

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