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Sólo Dios perdona

¿Cuál es el extremo máximo que le permitimos al arte en su capacidad de embellecer la fealdad mayor?

La Razón / Ana Rebeca Prada

00:02 / 31 de julio de 2013

Una de las marcas del cine de nuestro tiempo es el de la extrema violencia. Creo que el boom del cine oriental y el interés central de Occidente por éste en las últimas décadas han brindado a los espectadores de este lado del mundo un horizonte mucho más amplio y diverso de la violencia.

No es que no haya en Occidente una tradición de violencia, por supuesto que sí. Lo que hizo el cine oriental fue agregarse y ampliar y radicalizar lo que ya había. El cine de terror, por ejemplo, y su versión más sangrienta, el gore, tienen una fuerte raíz en la industria occidental. Pero (hay que decirlo), lo que hace Oriente en esta zona de la representación fílmica es realmente fuera de serie. Pensemos en las películas de Tashaki Miike (Ichi el asesino, Audición) y de Park Chang-Wook (Old Boy).

Hay directores occidentales que han acudido al cine oriental; por ejemplo Tarantino. De la sangrienta Reservoir Dogs de principios de los 90, a Kill Bill, diez años después, hay un salto cualitativo que tiene que ver con incorporar elementos estructurantes del cine oriental.

El que acaba de acercarse a su manera a ese cine recientemente es Nicolas Winding Refn, al que ya conocíamos por Bronson (2008), Valhalla Rising (2009) y Drive (2011), de hecho nada ajenas a la trama de la violencia. Pero Sólo Dios perdona (2013) es otra cosa. La historia se desarrolla en Bangkok y tiene que ver con una familia mafiosa norteamericana vinculada al tráfico de drogas. Negocio que se desarrolla detrás de un efervescente y dinámico negocio de peleas en el ring.

La violencia se desencadena enloquecidamente cuando el hermano mayor, Billy, viola y asesina a una prostituta adolescente de manera muy sangrienta. Chang, autoridad policial, pero también maestro en artes marciales y en el uso de una espada tipo machete, permite que el padre de la joven mate al asesino de su hija, sólo para luego mutilarlo aleccionadoramente, por dejar que la hija se prostituya. Se trata claro, de un justiciero que además es policía.

La venganza del padre viene con un nivel de violencia multiplicado geométricamente. Llega la madre gringa a recoger el cadáver de Billy (la interpreta una magnífica Kristin Scott Thomas) y exige a su otro hijo, Julian (el siempre impertérrito Ryan Goslin), que vengue al hermano. Julian no puede, pues el padre de la muchacha le ha contado las circunstancias de su venganza...

Más allá de esta escabrosa pendiente de violencia, donde la mutilación y la tortura son frecuentes y extremas, Winding Refn arma una de las propuestas de imagen cinematográfica más sofisticadas e hipnotizantes que hemos visto recientemente. Por lo que cabe aquí la pregunta de siempre: ¿hasta dónde puede ir y debe llegar la estetización de la violencia? ¿Cuál es el extremo máximo que le permitimos al arte en su capacidad de embellecer la fealdad mayor?

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