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Sólo el ejemplo

Detrás de estas aterradoras historias está el desamor que recibieron estos padres victimadores

La Razón / Lucía Sauma

00:02 / 11 de julio de 2013

En Colombia, durante un fin de semana, estudiantes entre 14 y 17 años tuvieron que atender a bebés robot. Chicos y chicas llegaron relajados, contentos, en pos de aventura, el entusiasmo les duró hasta el primer llanto, la primera mamadera. Fugazmente terminó la paciencia y la alegría de ser papás y mamás. Se quejaron de no poder dormir, de tener que cambiar pañales justo cuando estaban por comer. La lección de fin de semana estaba programada para combatir el embarazo adolescente. Les sirvió para tener una leve idea de la responsabilidad que significa tener un hijo, aunque esto sólo se aprende en la relación diaria. 

Los robots se apagaron y se volverán a prender en otra oportunidad. No es tan fácil con los niños de carne y hueso, las consecuencias pueden ser tan graves como las que ocasionaron que en Bolivia cinco niños de distintas edades y en distintas circunstancias fueran asesinados por sus padres en menos de dos meses. El 20 de mayo una madre mató a su bebé porque no podía viajar a trabajar al exterior con él. Tres días después, otra envenenó la leche de la mamadera de su hijo. También en mayo, una niña de un año y medio recibió golpes hasta morir porque no avisó que quería ir al baño. Un niño de tres años murió degollado por su padre el 28 de junio; la madre no llegaba y el chiquito pagó con su vida la tardanza. El 5 de julio, un padre de 23 años mató a su bebé de cuatro meses porque no paraba de llorar.

Detrás de cada una de estas aterradoras historias están las palizas, el descuido, el desamor que recibieron estos padres victimadores. Cuando ellos fueron niños, les enseñaron a despreciar la vida de los bebés, a creer que son un fastidio, que al nacer les arruinaron la vida. 

No les avisaron que un bebé llora para comunicarse, no para molestar; que lo hace porque necesita que le cambien el pañal, que le den de comer, que lo abriguen  o  porque se siente solo. Si recibe golpes o indiferencia, llorará más fuerte. La idea de que los hijos nos pertenecen y  por eso podemos hacer con ellos lo que nos venga en gana es otro error; no son objetos, son seres humanos.

Con demasiada frecuencia se recurre al castigo como forma de educación. Quizás porque se confunde el arte de enseñar con domesticar. Enseñar y aprender nos lleva a la libertad, lo contrario es esclavitud. Para muchos padres es difícil dejar de ver a sus hijos como seres inferiores, algo así como pequeñas máquinas obedientes, sin pensamiento ni deseos propios. Olvidamos que aprendimos a hablar porque nos hablaron, a caminar imitando a quienes caminaron delante nuestro. No hay escuela más poderosa que el ejemplo. Aprendemos a ser padres cuando somos hijos.

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