Columnistas

Soñar no cuesta nada

Los grandes logros han sido aquellos menos soñados,  pe- ro producto del duro sacrificio colectivo

La Razón (Edición Impresa) / Dionisio J. Garzón M.

02:53 / 27 de noviembre de 2015

El frenesí prereferéndum que vive el país y de manera particular las huestes afines al Gobierno —que se juega su futuro como inquilino del Palacio—, produce algunas manifestaciones oficiales grandilocuentes que pintan un país de ensueño centro energético del continente, con proyectos petroleros que aún antes de concretarse ya tienen estimaciones de reservas, con proyectos mineros añejos que por arte de magia, se dice que son nuevamente el centro de la atención de inversionistas (Mutún, Mallku Khota, Santa Isabel, Paco Kahua, etc.); se habla de astronómicas inversiones estatales cada vez más grandes pese a la baja capacidad de ejecución de las instituciones estatales en los últimos años y todo esto, viene acompañado de un aluvión de propaganda en los medios sobre las bondades del “modelo boliviano”.

Como consecuencia, la gente sueña o duda según la percepción que este torrente de información le produce y cada cual a su manera pinta en su subconsciente el país que espera. Parafraseando al grande Calderón de la Barca: “Sueña el rico en su riqueza, / que más cuidado le ofrece; / sueña el pobre que padece/ su miseria y su pobreza; / sueña el que a medrar empieza, / sueña el que afana y pretende, / sueña el que agravia y ofende, / y en el mundo, en conclusión/ todos sueñan lo que son, / aunque ninguno lo entiende”… Total, “¿Qué es la vida? Un frenesí. / ¿Qué es la vida? Una ilusión, / una sombra, una ficción, / y el mayor bien es pequeño; / que toda la vida es sueño, / y los sueños, sueños son”.

Pareciera que obnubilados por vendedores de ilusiones, por aquellos que venden humo para justificar sus fines, ya no tenemos poder de reacción, ya todo parece normal, nadie objeta nada, todos parecen esperar un desenlace que nos vuelva a una realidad que —como van las cosas— nos golpeará duramente en el rostro cuando el juego de naipes colapse, cuando los sueños acaben, cuando el bien mayor reclame, cuando sea tiempo de obrar y dejar de soñar.

Aunque como apunta el saber popular todo gran proyecto empieza con un sueño y soñar no cuesta nada, una cosa es el mundo onírico y otra muy diferente el mundo real; ya tuvimos algunas desilusiones en el pasado reciente cuando soñamos con un megaproyecto de cobre en Corocoro, con la planta metalúrgica de Karachipampa, con la siderurgia en el Mutún por enésima vez, con Huanuni que ahora trabaja a pérdida, con el paso cansino de nuestro proyecto estrella del salar de Uyuni, con las refinerías de zinc etc. Deberíamos aprender de estas experiencias, el país ha tenido siempre un potencial geológico minero que ha hecho soñar a propios y extraños pero, un proyecto minero y —en general cualquier proyecto que tenga que ver con recursos naturales—, es una aventura que demanda conocimiento, tecnología, aptitud personal, capacidad tecnológica, infraestructura física e industrial y mucho, mucho tiempo e inversión.

El querer traslapar estos dos mundos con fines tan baladíes como el resultado de una compulsa electoral, quita seriedad a una administración de gobierno, disminuye la credibilidad del país y opaca las pocas cosas buenas que hayan podido lograrse. Desde esta columna que trata de la actividad minera —tan venida a menos en la última década—, solo apuntar que debemos dejar que los sueños adornen el transitar tan dispar de nuestra gente y abocarnos a lo importante y a lo tangible que podemos hacer para el desarrollo del país. Los grandes logros a lo largo de la historia han sido aquellos menos soñados, pero producto del duro sacrificio colectivo.

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