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Sonido de los cañones

Nada garantiza que el planeta se vea de nuevo envuelto en un conflicto armado de corte mundial

La Razón (Edición Impresa) / Jaime Iturri

00:02 / 25 de julio de 2014

Hace 100 años estallaba la gran guerra que se suponía iba a terminar con todas las guerras. El ajusticiamiento de un aristócrata en Sarajevo encendió la mecha. Millones de hombres y mujeres perecieron en la contienda, y lejos de terminar con la belicosidad de las personas, solamente preparó el siguiente estallido que vendría con la Segunda Guerra Mundial. A su vez, este segundo conflicto causó aproximadamente 70 millones de muertos, aunque las cifras que se manejan son variables.

Por unas décadas lo único bueno que había dejado la Primera Guerra Mundial era la revolución de Octubre, pero luego hasta eso desapareció con el viento de la historia. Hoy, cuando Medio Oriente ha vuelto a ser un polvorín y cuando en Ucrania las fuerzas prorrusas combaten contra los prooccidentales, uno comprueba que, lejos de haber terminado con las guerras, los conflictos bélicos se presentan solo de manera diferente. Por el momento, parciales y controladas regionalmente. Pero nada garantiza que el mundo se vea de nuevo envuelto en un conflicto que se lleve a millones de humanos hacia el valle de las parcas.

Y a estas alturas uno se pregunta si la locura de George W. Bush no incentivó la hoguera al invadir Irak, basándose en informes mentirosos de que supuestamente ahí existían armas de destrucción masiva.

Hoy únicamente el caos gobierna en lo que fuera en esos tiempos el califato más importante de la región. La guerra interétnica entre suníes y chiítas no parece tener visos de agotarse y puede arrastrar a los países del área.

Y ni qué decir de Palestina, donde la masacre ya llega a 700 muertos y 4.000 heridos, una buena parte de ellos niños, en su mayoría menores de 12 años; y ni los sionistas ni los miembros de Hamas (cegados por el fanatismo en más de un caso) tienen intenciones de construir una paz duradera, basada en el respeto de palestinos y judíos a tener su propio territorio y convivir mutuamente.

Así vistas las cosas, uno se alegra de vivir en un continente donde no parece haber nubes belicosas en el horizonte, pero se entristece por un planeta que parece dominado por la locura. ¿O acaso será que el destino de los seres humanos sea realmente el de ser lobos de otros seres humanos, incansables e implacables asesinos de sus hermanos? ¿O acaso no fue en la tierra que hoy arde de Medio Oriente donde Caín alzó una quijada de burro y la hundió en la cabeza de su hermano Abel?

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