Columnistas

Stalin, los ombligos y las risas

‘La insignificancia te libera, hace inútil y nociva esa pretensión de ser siempre brillante’ (M. Kundera)

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Bajo Herreras

00:01 / 01 de octubre de 2014

El funcionario de baja estatura, poeta triste en sus ratos aburridos, se atrinchera detrás de su escritorio. No tiene ni idea de cómo esos dos tipos han llegado hasta su oficina (castillo inexpugnable) con una orden de un superior que a él no le agrada (ni la orden ni su superior). “Lo siento, el jefe está de viaje en México y a mí no me comunicó nada”, dice con la diáfana intención de no acatar la orden. La discusión se acalora por momentos. Uno de los dos tipos, el más fortachón, se para, bordea la mesa que separa el mundo intocable del pequeño funcionario de la cruda realidad y se aproxima a él, cual feroz barra brava. El empleado público agarra rápidamente el teléfono y pide ayuda al policía que está abajo custodiando el edificio.

Los minutos que tarda en subir las escaleras se hacen eternos... para el pobre funcionario. Cuando el policía entra acelerado en la oficina con la loable intención de salvar su pellejo, la escena pasa en un santiamén de tragedia griega con sangre a comedia de Marx (los hermanos). El fortachón y el policía son viejos conocidos de la época de las dictaduras. Se ríen, se abrazan con fuertes golpes en la espalda, hablan y vuelven a reír. El compañero flaco del fortachón también se parte de la risa; no hay cosa más graciosa y contagiosa que ver a dos viejos cuates matándose (pero de risa) junto a un funcionario que se ve en el espejo de su propia insignificancia.

Sostiene Kundera en su última novela que la insignificancia es la clave de la sabiduría, la esencia de la existencia, la llave del buen humor. Está presente incluso cuando no se la quiere ver, en el horror, en las guerras, en las desgracias. Y en el despacho de ese funcionario que se sintió todopoderoso hasta que el humor inesperado lo achicó con tres tipos al frente riéndose de las circunstancias. Y de él.

Aquella tarde, solo aquella tarde, el funcionario de baja estatura, poeta triste en sus ratos aburridos, reconoció su propia insignificancia. Algún día, con suerte, aprendería a amarla, incluso apreciaría su belleza, como lo hicieron aquel día esos tres tipos bellos que reían como niños casi sin saber por qué. “La insignificancia te libera”, sostiene Kundera, “hace inútil y nociva esa pretensión de ser siempre brillante”. De ser siempre, gris.

El buen humor nos salva y el mal humor te enferma. El checo-francés está preocupado por la falta de humor del mundo en que vivimos, de gentes que se toman todo en serio, como esos dictadores, como esos asesinos machistas, como esos funcionarios que llaman a ese policía para defenderse. 

En sus reflexiones sobre el humor, el bueno de Hegel llegó a una conclusión: el verdadero humor es impensable sin el infinito buen humor  (unendliche Wohlgemutheit).

“Solo desde lo alto del infinito buen humor puedes observar debajo de ti la eterna estupidez de los hombres y reírte de ella”, dice el personaje de Kundera, Ramón, amigo de D’Ardelo que se inventa en la novela “La fiesta de la insignificancia” un cáncer para celebrar la vida y la muerte en su cumpleaños donde todos charlan de dos cosas: del chiste de Stalin sobre las 24 perdices (contado en las memorias de Jrushchov) y de los ombligos, como centro de seducción femenina, como lugares excelsos de la mujer.

Si a estas alturas ya te has olvidado, como yo,  del pequeño funcionario (“poetriste”) y te preguntas por la broma de Stalin o por los mensajes eróticos de ombligos repetidos, largos muslos, culos gozosos o de los hombres arrodillados ante la noble misión de las tetas, vas a tener que leer a Kundera y su “insignificante”, particular y pequeña novela de interrogantes. Y no llames a la policía, cagón.

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