Columnistas

Suicidas bolivianos

Las cárceles son invisibles, los manicomios también. Son el lado oscuro de nuestro espejo

La Razón / Ricardo Bajo Herreras

01:58 / 21 de agosto de 2013

Quién es el boliviano más famoso del mundo a parte de Evo? nos pregunta el cronista peruano Julio Villanueva Chang mientras disfrutamos de unos platos chuquisaqueños en Sopocachi. El Diablo Etcheverry contesto sin dudar y comienzo a contar una anécdota personal en el barrio ateniense de Platka. Para un tendero griego, todos los bolivianos somos "el diablo". La charla periodística entre seis hombres acaba inevitablemente en el fútbol. "¿Y qué fue de Ramiro Chocolatín Castillo?" pregunta otra vez el peruano, no sin antes quejarse de la poca cantidad que tienen los platos que nos han traído. "Era de mi equipo, de The Strongest, y se suicidó hace años". Los gringos siempre preguntan dónde estaba usted cuando mataron a Kennedy, qué hacías cuando atacaron las Torres Gemelas. Me enteré de la muerte trágica (maldito eufemismo) del Chocolatín a la altura del Parque de los Monos, en un taxi, escuchando la radio, yendo de las viejas oficinas del periódico La Razón (en la calle Jorge Sáenz de Miraflores) a una cobertura de media mañana en el centro. El taxista stronguista se quedó sin aliento. Fue en otro maldito octubre, hace 16 años.

Las cárceles son invisibles. Los manicomios (qué fea palabreja), también. Están ahí, a la vista de todos, en el centro de nuestras ciudades. Son el lado oscuro de nuestro espejo. Todos estamos presos, todos estamos un poco locos. De cerca, nadie es normal. ¿A dónde van a parar los suicidas? ¿Dónde quedan sus familias? ¿Dónde lloran? ¿Contra quién putean? En noviembre de 2009, el arquero de la selección alemana, Robert Enke (ex F.C. Barcelona) se arrojó a las vías del tren. No tenía amigos y creía que todo estaba en su contra. Tenía miedo al fracaso, a los partidos, a encajar goles sonsos; otra vez la soledad del arquero frente al delantero que patea una pena máxima. Enke, como el inolvidable Chocolatín, acumulaba un dolor psicológico insoportable. Ambos habían perdido a un hijo de manera trágica. Los dos eligieron vidas demasiado cortas. Se quedaron sin motivos para vivir. Decía Voltaire que "cuando se ha perdido todo, cuando ya no se tiene esperanza, la vida es una calamidad y la muerte es un deber". Los suicidas no existen. Los negamos, los escondemos. A principios del siglo pasado, suicidarse era el acto más valiente jamás imaginado. Tenía "prestigio" entre escritores, pintores, gente de bien, gente con huevos, capaz de burlarse de dios y sus designios. Los mayas veneraban a Ixtab, la diosa del suicidio y en el Lejano Oriente los japoneses se hacían el "seppuku" para lavar la deshonra. Y Periandro, uno de los Siete Sabios griegos, también se suicidó.

Nueve de cada diez bolivianos somos suicidas. En Bolivia se matan médicos, curas pederastas, enamorados, políticos famosos, futbolistas con talento, escritores borrachos, dictadores con medallas. Todos se llevan sus secretos. Tras la muerte de Enke, la familia, su último club de fútbol (el Hannover 96) y la liga alemana crearon una fundación para ayudar a los futbolistas a superar cuadros clínicos de depresión profunda y velar por su salud mental. A veces, la vida no es digna de vivirse. A veces, la depresión se cura. ¿Qué estabas haciendo vos cuando te enteraste del suicidio del gran Chocolatín Castillo?

NdD. Desde hoy, Ricardo Bajo, otrora periodista de La Razón, se suma a nuestras páginas de opinión; espacio que le permitirá ejercer una de sus pasiones: hilvanar pensamientos y reflexiones de forma escrita. Es para este diario un privilegio poder enriquecer las lecturas de nuestro público con las reflexiones de este experimentado periodista de origen vasco.

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