Columnistas

Sunitas contra chiitas

Es irónico pensar que la lucha sectaria entre musulmanes pueda ser la chispa del incendio universal

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Antonio Carrasco

01:15 / 16 de enero de 2016

Si como se especula, no sin cierto alarmismo, que la tercera guerra mundial podría estallar como consecuencia de los conflictos irresueltos de Medio Oriente, el desocupado lector estará interesado en conocer que gran parte del problema se debe a las querellas milenarias por la sucesión del profeta Mahoma. Fue a su muerte, acaecida el 8 de junio de 632, que los chiitas iniciaron el cisma musulmán proclamando a su yerno Alí como heredero frente a aquellos que apegados a la letra de la Sunna (el sistema de comportamiento instituido por Mahoma), suscribían más bien una secuencia legal (sunitas). Con el paso de los siglos, esa batalla sectaria antes circunscrita al mundo musulmán contaminó no solo a todo Medio Oriente, sino que ha rebalsado dramáticamente hacia todo el globo terráqueo, ya sea en encuentros bélicos frontales, acciones terroristas, bombardeos inmisericordes o crueles asedios a ciudades donde, como en Madaya, se condena a inocentes poblaciones a sucumbir por el hambre.

La Primavera Árabe, que comenzó en 2010 en Túnez, si bien acabó con las dictaduras imperantes en esa región, no logró, como era la inspiración inicial, instaurar el modelo democrático anhelado, provocando,  por el contrario, caos en Libia o en Yemen, y alimentando la monstruosa criatura del Estado Islámico, que por encima de su orientación sunita convoca a todos los creyentes a observar obediencia a Abu Bakr al Baghdadi, el misterioso autonombrado califa.

Para comprender mejor el intrincado mosaico musulmán es preciso anotar que de los 1.600 millones de musulmanes en el planeta, aproximadamente el 87% son sunitas y el 13% chiitas, repartidos en diversas ramas. Por ejemplo, entre los chiitas se agrupan imamies, alauitas, ismaelitas, drusos, jafaris, zaidies y otros. Mientras que los sunitas se subdividen principalmente en hanafis, wahabitas, hanbalis, malikis y shafis. En los espacios territoriales ocupados por éstos y aquellos son mayormente sunitas en Arabia Saudita, Afganistán, Pakistán, Jordania, Kuwait, Yemen, Emiratos Árabes Unidos, Egipto, Túnez, Catar, Libia, Turquía y Siria. En tanto que en Irán, Azerbaiyán, Bahréin, Irak y Líbano se asientan los chiitas.

Desde el punto de vista geopolítico, dos potencias regionales tradicionalmente han buscado esferas de influencia: Irán, de confesión chiita, frente a Arabia Saudita, sunita de la rama wahabita (salafista).

Ambos emporios petroleros se han movido por los trillos de las rivalidades internacionales con astucia unas veces, y con oportunismo, siempre. Irán, obsecuente peón americano durante la Guerra Fría, cambió radicalmente en 1979, cuando irrumpió la revolución de los ayatolás. Ese vacío fue prestamente ocupado por Arabia Saudita, que aprovechó para acumular su tesoro de petrodólares y dotar a sus arsenales de sofisticado armamento americano. Sin embargo, cuando Washington se empeñaba en lograr un acuerdo con Teherán acerca de la moratoria en su carrera nuclear, el reino wahabita, arpiamente celoso, no se contenta de coquetear con Moscú, sino que sigilosamente arma y monetiza su ayuda al Estado Islámico, para desestabilizar al cercano aliado de Irán, Bashar al Assad (sunita-alauita) en Siria. En los últimos días, la escalada entre los dos colosos se ha intensificado luego de la ejecución de Nimr Baqir al Nimr, líder religioso de la minoría chiita en Arabia Saudita. La réplica ayatolera al destruir la embajada saudí en Teherán ha echado gasolina al fuego y alineado a los países musulmanes con uno u otro lado. Simultáneamente, tanto Riad como Teherán se muestran ahora de acuerdo con combatir al Estado Islámico, y forman parte de las coaliciones internacionales organizadas con este propósito.

Una tercera potencia regional, también parte del conflicto y nostálgica heredera del imperio Otomano (que en otro momento histórico se enfrentó al imperio Persa), es la moderna Turquía, regida por el maquiavélico Recep Tayyip Erdogan. Adversarios de Bashar al Assad en Siria, los turcos ayudaron en sus inicios al Estado Islámico y se dice que aún hoy en día le compran subrepticiamente su petróleo barato. La reciente explosión ocurrida en Estambul probablemente induzca a Ankara a definir su postura frente a la amenaza islámica. Entretanto, su aspiración por ingresar a la Unión Europea está sujeta a su capacidad de retener dentro de sus fronteras a dos millones de refugiados que desean, impetuosamente, llegar hasta Alemania. Es irónico pensar que una lucha sectaria, ajena a las preocupaciones del mundo occidental, pueda ser la chispa del incendio universal.

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