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El ‘Tambor’ saltó a la fama: hay que leerlo

La Razón (Edición Impresa) / Aquí y ahora - Carlos Soria Galvarro

00:00 / 22 de abril de 2018

En noviembre de 2012, según informa el diario La Patria de Oruro, el presidente Morales puso la piedra fundamental para erigir un monumento a José Santos Vargas, al pie del cerro San Pedro, al noroeste de la ciudad. La obra nunca se realizó. No está claro si los encargados de levantarla eran las Fuerzas Armadas, la Gobernación o la consabida Unidad de Proyectos Especiales que maneja ingentes recursos financieros. Ni siquiera queda la piedra que en la ocasión se colocó simbólicamente en presencia de autoridades de diferentes niveles, representantes diplomáticos de varios países, estudiantes y público en general.

Por esas épocas se anunció que en esa ciudad fue bautizada con el nombre del ilustre patriota una escuela militar de música, quizá bajo la suposición de que el mayor mérito del Tambor Vargas era ejecutar melodías, antes que usar la pluma para escribir y dejarnos un descomunal relato de 10 años de lucha guerrillera por la independencia. Varios años antes, una unidad educativa en la zona de Pasankeri en La Paz también había adoptado ese nombre, y la Alcaldía levantó un busto de él en la Av. Busch, si no me equivoco cuando Mónica Medina era alcaldesa.

A su vez, el Gobierno Municipal de Oruro inauguró recientemente una monumental escultura de José Santos Vargas entre las calles Lira y La Paz. La novedad es que ahora Vargas saltó a la fama ingresando al billete de Bs 10 junto al tarijeño Moto Méndez y al líder guaraní Apiaguayqui Tüpa.

Imposible no valorar todo esto como un avance en dirección de rescatar del olvido no solo al personaje, autor de ese fenomenal diario de guerra, sino también a la pléyade de luchadores populares allí retratados. En la carta dirigida al presidente Belzu, como último intento de que su diario se publicase, José Santos Vargas había escrito: “Quedo con el consuelo de que en los siglos venideros saldrá a luz, cuando no sea en éste, y en todo el hemisferio americano”.

Después de más de un siglo de andar extraviado, su relato salió a la luz. Sin embargo, su imagen personal recreada por la imaginación de los artistas es todavía muy dispar. El busto de La Paz y el del billete de Bs 10 lo pintan con uniforme militar, algo muy discutible, salvo quizá en la última etapa, cuando la guerrilla de Ayopaya y Sicasica se fue transformando en la División de los Aguerridos al influjo de su último comandante, José Miguel Lanza. Asimismo, ambos acentúan en el rostro los rasgos indígenas, cuando todos los datos históricos indican que Vargas era criollo-mestizo. La propia guerrilla lo era, aunque en relación estrecha con las comunidades indígenas. La escultura de Oruro, en cambio, lo presenta con el aspecto de gaucho chaqueño, parecido a los pobladores del norte argentino.

En tal caos de imágenes, me quedo por el momento con la caricatura del muchacho guerrero que nos presenta el dibujante Clovis Diaz. Y como estamos en la víspera del Día Internacional del Libro, cuyo propósito es fomentar la lectura, pido a todos que busquen y lean el Diario de José Santos Vargas. Además de la edición mexicana de 1982 y la boliviana de 2008, que se pueden hallar en bibliotecas, está a un precio accesible la reciente edición de la Biblioteca Boliviana del Bicentenario (BBC), con un estudio introductorio del historiador Roger Mamani Siñani. Es una lectura apasionante, densa y a momentos difícil, pero vienen en nuestra ayuda tanto el glosario como los índices y, sobre todo, la medular introducción de Gunnar Mendoza, verdadero descubridor de esta pieza documental, única en América Latina. ¡Leer al Tambor Vargas es un esfuerzo que bien vale la pena!

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