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El Tata Santiago Illapa

Santiago, en el área rural, es también conocido como ‘Chuquilla’ o ‘Qhun’, divinidad del rayo

La Razón (Edición Impresa) / Édgar Arandia

00:05 / 27 de julio de 2014

Doña Mechita es mi vecina, fue maestra mayor de varios mercados de La Paz y tiene una escultura del Tata Santiago de un tamaño inusual, como su fe en este popular santo. Ella me tendió el pendón para que abra camino hacia el local a fin de llevar a nuestro Tata hace tres años atrás, cuando me tocó pasar la fiesta.

En toda Bolivia se la celebra con un fervor extraordinario, solo comparable al de las vírgenes en agosto, mes de la Pachamama. Ahora se estila ofrendar una wajta, antes o después de la misa católica, como una propuesta de la interculturalidad religiosa; y muchas personas llevan sus imágenes para que sean bendecidas y luego ch’alladas. Este fin de semana, en todos los barrios paceños, las fiestas eran incontables, lo que devela su popularidad.

La relación que tiene Santiago con el Tata Illapa, la divinidad aymara-quechua del rayo, seguramente tiene su origen en los momentos cruciales de las batallas que estas naciones, ignorantes del uso de la pólvora, atribuían a la divinidad recién llegada, de conceder ese poder. El rayo tiene forma de zigzag, como una escalera que cae de alaxpacha a akapacha y penetra la mank’a pacha, los tres mundos de la cosmovisión andina. Por eso es común que los yatiris sean “tocados” por el rayo para que puedan leer y descifrar los signos de la naturaleza y el ser humano, porque pueden subir y bajar por el rayo a los tres mundos.

En los prestes del Tata Santiago, nombre familiar con que popularmente se conoce al Apóstol, se da la yuxtaposición y el sincretismo religioso: en algunas imágenes de culto se coloca un rayo-piedra, que es un meteorito con la imagen de Santiago pintado, que es el Tata Santiagun q’urawapa, o la honda del señor Santiago. Esta piedra se lanza hacia el cielo, hacia la vía láctea, llamada también Santiago thaki, o camino de Santiago.

El culto al Tata Santiago está arraigado en la población urbana y rural de Bolivia, tal es el caso de la obra que se exhibe en el museo, que fue traída desde Oruro. Su base fue ch’allada durante varias generaciones y se hizo una limpieza muy prolija para evitar su deterioro. A la hora de trasladar la obra a La Paz, la familia propietaria exigió una despedida, que fue hecha con llantos y un fervor de amor a su imagen. Casi siempre, la divinización de una imagen la convierte automáticamente en la protectora de la familia, los vecinos y los amigos.

Santiago, en el área rural, es también conocido como Chuquilla o Qhun, divinidad del rayo, cuyo castigo es temido. Su carácter ambiguo, a veces en favor de los españoles y otra en favor de los indígenas, lo convierte en una divinidad que interrelaciona los tejidos culturales de la tradición judeocristiana con la religiosidad indígena. Cuando alguien es víctima de un rayo nadie se detiene a mirar, porque dicen que Santiago se apea de su cabalgadura y despedaza el cuerpo; si nadie lo ve en esta dura tarea, el cuerpo se recompondrá y será un escogido por el santo para que devele el futuro. Chamakanis y layqas, o sabios poderosos de la noche, lo tienen representado en un amuleto y son los adversarios de los yatiris, con quienes se disputan los espacios del bien y el mal. Asimismo, los niños mellizos que nacen en medio de relámpagos y truenos son llamados hijos de Santiago y deben cuidarse de las tormentas eléctricas.

Es también el protector de los camélidos contra la acción de los rayos, ya que el pelaje de estos animales es un potencial receptor de los mismos. En 1555 fue proclamado protector de Potosí, Arzans relata con detalle la gran fiesta que se le hizo en su honor. En las zonas yungueñas es considerado el protector de las comunidades, bajando hasta el Parapetí, dicen que se apareció como un chiriguano y predicó el Evangelio. En muchos de estos territorios se lo llamó San España

Un santo militarizado fue conquistado por los indígenas para ponerse al frente de sus antiguos opresores y tiene, como su virtud más refulgente, la capacidad de tejer tramas horizontales y verticales entre las diferentes clases sociales y visiones culturales en la expresión polisémica de la fiesta donde confluyen todos. 

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