Columnistas

Teatralización del poder

Los ritos estatales escenifican el deseo de repetición y perpetuación de un orden

La Razón / Jorge Komadina Rimassa

00:06 / 13 de septiembre de 2012

En enero de 2006, Evo Morales fue investido como presidente de la República de Bolivia en Tiwanaku. Los amautas aymaras oficiaron un rito cuidadosamente planificado. Evo habló con el dedo levantado ante la multitud que lo escuchaba, parado en medio de la Puerta del Sol, como una luz que llega providencialmente a la tierra. En enero de 2010, con algunas variantes, la ceremonia se repitió, los amautas se superaron a sí mismos: Evo fue nuevamente investido en el sitio sagrado, esta vez como presidente del Estado Plurinacional de Bolivia.  

En septiembre de 2012, en el Templo de Kalasasaya de Tiwanaku, el Vicepresidente del Estado Plurinacional y su joven pareja protagonizaron una solemne y “ancestral” ceremonia nupcial. Álvaro vistió un traje oscuro de paño con tiras de “aguayo”, inspirado en el traje oficial del presidente Morales; Claudia llevó un elegante vestido con capa que evoca la indumentaria de las ñustas incaicas, diseñado por Jean-François García, propietario de la boutique Raza de Bronce. El 21 de diciembre de 2012, en Tiwanaku, por supuesto, tendrá lugar una ceremonia que concentrará, se dice, a 50 mil indígenas de diferentes partes del mundo para dar la bienvenida a la nueva “Era de la Pacha”, pues parece que los planetas se alinearán después de 26 mil años, según anunció con entusiasmo el canciller David Choquehuanca. ¿Invención de tradiciones? ¿Descolonización? ¿Manipulación de los sitios y símbolos sagrados de las culturas ancestrales? ¿Show político-mediático?

La teatralización del patrimonio arqueológico es, según Néstor García Canclini, un esfuerzo por simular que hay un origen, una especie de elemento primordial, trans-histórico, conforme al cual deberíamos orientar nuestras acciones. Los ritos estatales escenifican el deseo de repetición y perpetuación de un orden, y funcionan como una “práctica compensatoria” que nos permite exorcizar la complejidad y la incertidumbre del presente. De hecho, la teatralización de los sitios arqueológicos precolombinos ha sido una de las estrategias de legitimación política privilegiadas por los gobiernos nacionalistas latinoamericanos (el caso del MNR es paradigmático), que no sólo quisieron apropiarse del presente sino también del pasado.

¿Espectáculo político? Más que eso: la política es una permanente puesta en escena, ella es representación. Para consagrar su propia trascendencia, el Príncipe no debe escatimar esfuerzos para multiplicar los signos de su propia trascendencia y debe ahondar su distancia con la sociedad. Su repertorio teatral es inmenso: la ceremonia de masas, la etiqueta, la dramatización de la historia, la hora cívica, el desfile militar, la conmemoración de los héroes. El arte de la política es en el fondo una de las artes dramáticas. Termino con una inquietante pregunta de Julia Kristeva y que cito de memoria: “¿Podremos alguna vez salir del espectáculo?”.  

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