Columnistas

Del Teatro Municipal y los desafíos actuales

Construido en 1845, sigue siendo el único espacio con las condiciones para una puesta en escena

La Razón (Edición Impresa) / Cergio Prudencio

00:00 / 13 de diciembre de 2015

El Teatro Municipal de La Paz es un monumento venerable de nuestra historia cultural y urbanística. Al mirarlo por fuera uno puede sentir el cansancio del ánima que dio todo y más; al ingresar a sus interiores vibran energías acumuladas de una historia entera; y cuando se toma el escenario y sus traspatios, se encarna una inevitable sensación profanadora. ¿Cómo es posible?

El Teatro Municipal fue construido en 1845, cuando todo el departamento congregaba una población de 413.180 habitantes. Ciento setenta años después ese mismo territorio político sobrepasa las 3 millones de personas, dos tercios de las cuales viven entre las ciudades de La Paz y El Alto. No obstante, sigue siendo el único espacio dotado de las condiciones mínimas para una puesta en escena.  

Nuestra ciudad maravilla produce en la actualidad una enorme diversidad de manifestaciones en teatro, danzas y músicas. El Municipal queda absolutamente rebasado en su posibilidad de respuesta a la demanda, por lo que se producen tres situaciones: primero, la programación de este escenario no discrimina ni establece una propuesta coherente; segundo, los artistas aprendimos a hacer de iglesias, patios, aulas, boliches, parques y hasta calles, los espacios donde comunicarnos con el ávido público paceño; tercero, la edificación comienza a resentirse, no solo en su estructura, sino en lo que es más sensible en este ámbito telúrico: su ajayu; y eso lacera.

Rindo tributo a los tatarabuelos que nos legaron ese magnífico templo, y admiro la visión con que encararon tarea tan ambiciosa para su tiempo. Desde entonces no se ha dotado a la ciudad de una equivalencia proporcional al crecimiento poblacional y su explosión cultural, aunque sí hubo proyectos como el del arquitecto Sáenz García (años 40), o ideas como la de ocupar los predios del actual panóptico. Pero solo eso.

A la fecha, cuando el país es otro y La Paz también, las gestiones de gobiernos municipales no se han inquietado siquiera con el tema. No hay reflexión, ni debate ni investigación ni interés; no hay conciencia de la importancia y la necesidad de proyectar infraestructura pensada (como pensaron los tatarabuelos) para los próximos 100 o 150 años, en concordancia con los fascinantes desafíos que esta sui géneris urbe propone culturalmente.

La situación demanda respuestas integrales. Amplios complejos culturales (no solo uno) levantados de acuerdo con estándares tecnológicos del siglo XXI, atendiendo las expectativas y necesidades de la población entendida como generadora de desarrollo. Inversión en serio, decimos.  

Para llegar ahí (donde los tatarabuelos sí llegaron), debemos desactivar la idea, enquistada en la mentalidad política, de cultura como lujo prescindible, y la actitud displicente de creer suficientes unos cuantos parques con canchita y tres columpios como estímulo a la creación artística. La historia nos reta generacionalmente, a ver si somos capaces de pensar y actuar en grande, con responsabilidad y amor para la gente.  

Es compositor.

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