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Ten hijos para esto

Esta ópera prima nos habla de la vejez prematura de las cosas, de la apurada e inevitable nostalgia

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Bajo *

00:32 / 26 de abril de 2017

En qué momento de la vida es normal comenzar a pensar en el pasado? Unos dicen que a los 60; otros, a los 40; Juan Manuel Robles cree que a los siete años de edad. Su primera novela tiene un extraño nombre y es de espías (cubanos). Se llama Nuevos juguetes de la Guerra Fría. El autor es hijo del antiguo corresponsal de Prensa Latina en La Paz, el colega Manuel Robles.

Esta ópera prima, que viaja de La Paz a Lima con escala en Nueva York, nos habla de la vejez prematura de las cosas, de la apurada e inevitable nostalgia. Muchos creemos que el pasado es algo estático, inamovible, pero no es verdad. Cada vez que recordamos —cada vez que un pequeño objeto es convertido en nostalgia a las apuradas— “hacemos” memoria, construimos de nuevo nuestros recuerdos, los fabricamos de vuelta. Pero, sabido es, la memoria nos miente, no nos dice la verdad exacta de absolutamente nada.

Por eso quizás, para el alter ego de Robles (el Iván Morante, protagonista de esta surrealista novela de espionaje) La Paz ha quedado reducida a Illimani, lluvia, par de salteñas y hamburguesas Toby con salsa golf. ¡Qué tiempos hermosos aquellos donde las ciudades eran mucho más que eso, eran protagonistas, densas y atractivas! Los objetos fijados en la memoria dañada de un “pionero” peruano remueven su mundo interior, donde los únicos guerrilleros que caben son los que luchan contra los invasores en una serie gringa que comienza por “V” (como el logo de los Túpac Amaru). La pañoleta azul es ahora una broma al lado del añorado He Man. Ten hijos para esto, Manuel. No solo no cambiaste el mundo, sino que tu primogénito escribió un libro para decirte tonto útil, perfecto idiota latinoamericano. Para vengarse, al ajuste de cuentas le dio forma de un largo (y logrado) cuento.

Nuevos juguetes de la Guerra Fría es un engendro, arranca como obra de nostalgias infantiles y termina con una esperpéntica trama donde los cubanos otra vez son los malos. A su favor, las casi 500 páginas se hacen amenas, pues Robles Junior ha heredado las buenas mañas del ritmo y la potencia narrativa. Pena que todo sea un fuego artificial, pena que el thriller se precipite en lo inverosímil, en lo absurdo, en lo no creíble.

¿No me creen? Resumo: un niño peruano, hijo de un periodista que llega de Lima a La Paz para trabajar como corresponsal de una agencia statal de Cuba, es obligado a asistir a la escuela de la embajada y comienza sus primeras armas como “pionero”. En el ir y venir, mientras dibuja al Che todo el día, descubre un esqueleto para aprender anatomía. Años más tarde, este niño quiere ser escritor y se muda a… Nueva York. ¡Qué tiempos hermosos aquellos donde los aprendices de novelistas mandaban todo a la mierda y se iban a París o Buenos Aires! En la ciudad del norte es contactado por unos espías gringos que le aplican, a cambio de una platita, sesiones de regresión, pues están convencidos de que aquel esqueleto, en plenos años 80, podía ser el del Che Guevara. Plop.

La novela, publicada por una editorial española llamada Seix Barral, termina peor: los gringos le cuentan al chibolo, quien se gana la vida en un restaurante peruano (otro lugar común) mientras sueña ser escritor famoso, que ellos saben harto de la embajada cubana en La Paz porque tenían un infiltrado… el padre del susodicho. Doble plop. Ten hijos para esto, cría cuervos y te escribirán una novela, Manuel.

Recordar es un proceso de construcción. Hay casas que arrancan bien y terminan como “transformer”. Y novelas, también. Dice la editorial española que el autor ha escrito una novela valiente. Deben estar pensando en su público lector, no en nosotros. Niño peruano, víctima del internacionalismo cubano bajo el fuego del terrorismo ideológico, espionaje, profanación de tumbas... Suena bien marquetinero, no deben estar pensando en nosotros.

Dice Pessoa: “En el tiempo en que festejaba mi cumpleaños, yo era feliz y nadie estaba muerto”. Algo pasó en ese tiempo cuando Robles era feliz y a los ocho años dejó de “festejar” su cumpleaños. Por eso duele —y ésta es una apreciación ética y no estética— una novela tan bien escrita para matar y rematar a un padre.

* es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique.

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