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Terca esperanza

La esperanza es porfiada, nos obliga   a creer en ella pese al desaliento que de vez en cuando nos invade

La Razón (Edición Impresa) / Lucía Sauma

01:49 / 22 de diciembre de 2016

Hace mucho tiempo, cuando era niña, le pregunté a mi hermano ¿por qué ninguna Navidad se parecía a la anterior? Él, con la magia con la que me responde hasta ahora, me dijo que ése era el “milagro de la Navidad”. Esa respuesta fue suficiente para mí, se aclaró el misterio que rodea a esta época del año y entendí para siempre el sentido de su respuesta. Creí en ella sin dudar ni por una décima de segundo. En las décadas siguientes pensé que el recuerdo del nacimiento de Jesús era capaz de arreglarlo todo, de curarlo todo, de embellecer hasta el último rincón de la tierra; pensaba que nada ni nadie se le podía resistir.

Pero la edad de la inocencia tiene un final, y al hacerme mayor me di cuenta de que las guerras incluso en la Navidad no paran, que los atentados suceden aunque sea 19 de diciembre en un mercado navideño de Berlín, que el mismo día matan al embajador ruso en Turquía, que los civiles huyen de las bombas en varios lugares de la tierra. Más cerca, aquí en Bolivia, hay muchos niños que como Abigaíl son víctimas de la violencia dentro de sus casas, que mueren en manos de los adultos que tienen la misión de cuidarlos. Arrancado el velo de la inocencia, uno descubre que para unos es la época de vender y comprar; para otros significa estrés, cansancio, soledad, una época para ignorar.

Pero qué puedo hacer ante la terquedad que me gobierna en esta época del año, esa insistencia que porfiadamente me devuelve a la respuesta de mi hermano, obligándome a creer que la Navidad es un milagro a pesar de la edad, la omnipresencia de la tecnología, la explicación científica, sociológica o filosófica. Todavía el pesebre de Belén me conmueve, creo que es capaz de traer reencuentro entre las familias, puede hacer que la gente se acerque, se compadezca, se dé la oportunidad de pensar en el otro, de buscar la alegría del prójimo próximo. Elijo estos días como la temporada de darnos abrazos; el momento para acortar las distancias, por largas que sean, para que los que están lejos sepan que con mayor empeño por una noche, por un día, por todo el mes, están en nuestros corazones, en nuestro pensamiento, en nuestra vida.

Felizmente la esperanza es porfiada, nos obliga a creer en ella en contra del desaliento que de vez en cuando nos invade. A pesar de las voces que niegan los milagros, aquellas que nos convocan a ser más racionales, se impone la necesidad de sobrevivir, de amar y ser amados, de sentir compasión; es decir, ser parte de ese sentimiento que le permite al ser humano dejar, al menos por un instante, de pensar en sí mismo para pensar en el otro, de buscar la felicidad como un signo de humanidad. Con ese cúmulo de sentimientos, de ilusiones y sueños a ultranza, quiero decir: ¡Feliz Navidad! 

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