Columnistas

Terremoto en la derecha

La derecha chilena  acaba de recibir un nuevo golpe, y probablemente no le será fácil recuperarse

La Razón / Gustavo Rodríguez Ostria

00:00 / 21 de julio de 2013

La derecha chilena, ya sacudida por la crisis institucional que pasa el vecino país y su pérdida de credibilidad, acaba de recibir un nuevo golpe, del que es muy probable que no logrará recuperarse fácilmente. La renuncia de su candidato, Pablo Longueira, ha reducido aún más la posibilidad de conservarse en la administración de La Moneda, mientras que la principal candidata opositora, Michelle Bachelet, suma y sigue. La coalición entre la UDI y Renovación Nacional ya confrontó un primer tropiezo, cuando el exministro de Obras Públicas y de perfil independiente Laurence Golborne tuvo que “bajar” (como se dice en el argot político chileno) su candidatura, al ser acusado de manejos administrativos poco claros. Los sustituyó Andrés Allamand, quien fue vencido por poco margen en las recientes primarias por Longueira. La diferencia fue tan pequeña que no contentó a nadie, ni al perdedor ni al ganador, que luego de festejar con pálida sonrisa su triunfo, entró en depresión política definitiva. Extraño mal para un hombre acostumbrado al toma y daca que acompañan las lides (generalmente bastante reñidas y sucias) por el poder, incluso en un Chile que se afana de ser “racional” e institucionalizado y casi una democracia de primer mundo.

Longueira pertenecía al sector más duro de la derecha chilena, que por su intermedio se aprestaba a defender un modelo que hace aguas por todos lados. En su juventud, apoyó fervientemente al dictador Pinochet, y en verdad nunca abjuró de esas ideas. ¿Servían éstas para acoger las demandas de los nuevos movimientos sociales, mujeres, estudiantes, indígenas y ecologistas? De seguro que no; apenas ponían poner voz a la defensa de viejos y caducos privilegios, ya sin muchos oídos receptores. Su enfrentamiento con Bachelet habría sido de antología. Ella, resistente a la dictadura, con el padre militar asesinado por las fuerzas de Pinochet y tratando de expresar una nueva alianza para cambiar Chile, frente al hijo putativo del dictador, aferrado a su modelo neoliberal y neoconservador.

Los políticos, si son tales, no pueden enfermar de depresión; la contabilidad psicológica está fuera de regir su equilibrio somático y psíquico. En cambio, pueden ser atacados de soledad y de orfandad popular. Entonces huyen, como Goni Sánchez de Lozada, en helicóptero, o renuncian bajo cualquier pretexto y se van de vacaciones. Claro que las causas de esas fugas  son profundas y estructurales, y se llaman miedo social.

Con un profundo hueco en sus espaldas, la UDI y RN buscarán reencauzar su maltrecho carro, intentando que quien lo tire ahora sea un renacido Golborne, un Allamand recuperado en la línea de sentencia (que ya dijo que no aceptará) o una Evelyn Matthei, militante de la UDI y experimentada política, por ser exsenadora y Ministra de Trabajo. ¿Una mujer para parar a otra mujer? Quizá. Sea cual fuere la opción, los apostadores ya juegan cuánto durará en el puesto, antes de “bajarse”.

Como bien dice el profesor universitario chileno Alberto Mayol, la depresión de Longueira es el síntoma que “el cuerpo político de la derecha se desangra y su poder se desvanece a cada instante”. Y esta enfermedad no se cura por sí sola o con un nuevo rostro, máxime cuando las divisiones internas (y deserciones) son pan de cada día en filas conservadoras chilenas.

Es historiador.

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