Columnistas

Terror en los cielos

Ese incidente, lejos de disuadir a Putin, lo estimulará a emplear todavía mayor fuerza

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Antonio Carrasco

02:27 / 07 de noviembre de 2015

Anualmente, la conocida revista Forbes, al mejor estilo americano, selecciona 73 personalidades mundiales, o sea 1 en cada 100 millones de habitantes, como mensura del poder político que ostentan. Este año correspondió la cúspide al Presidente ruso, quien en junio recogió el 89% de aprobación entre la población de su inmenso país y externamente impuso a sus homólogos occidentales su impronta diplomática sea en Crimea o en Siria.

En tanto que se eleva a Vladímir Putin como el hombre más poderoso del planeta, por encima de Angela Merkel y de Barack Obama, aún permanece el misterio acerca de la desintegración, mientras sobrevolaba la península del Sinaí, del Airbus A321 de la Metrojet que costó la vida a sus 224 pasajeros y tripulantes, precisamente el día de difuntos. Este penoso episodio reivindicado por el ala egipcia del Estado Islámico nos traslada al análisis profundo de las posibles causas del accidente. Sin esperar los resultados que arrojen los recaudos de las famosas “cajas negras” (flight-records, en inglés), los responsables de la compañía aérea se adelantaron en descartar una posible falla mecánica en el aparato aduciendo que apenas tenía 57.000 horas de vuelo de las estimadas 120.000 de su vida útil y menos implicando cierto descuido humano por parte del piloto, quien acumulaba en su haber una experiencia de 12.000 horas de trabajo. Contundentemente, aquellos directivos atribuyen la desgracia a un impacto externo.

Es decir un misil o algún artefacto explosivo. Frente a esa aseveración, tanto las autoridades rusas como las egipcias no dan crédito a la declaración islamista que se arrogó la acción, denunciándola como simple propaganda. La discrepancia es fácilmente explicable porque para Egipto ese atentado ahuyentaría la masiva ola turística que habitualmente visita el ilustre balneario de Sharm el Sheikh donde se originó el viaje. Por su lado, el Gobierno ruso, empeñado en su tenaz bombardeo de las posiciones islamistas en Siria, admitiría su vulnerabilidad frente a una venganza exitosa del califato. Entre estos dos extremos llama la atención que varias empresas aéreas hubiesen decidido suspender sus vuelos sobre el espacio aéreo de Sinaí, desechando la noción de que los extremistas del grupo Ansar Beit Al-Makdis, afiliada local del Estado Islámico, no posean misiles capaces de alcanzar objetivos más allá de los 10.000 metros de altitud, en tanto que la avería del avión siniestrado ocurrió a los 30.000. Por ello, la última hipótesis que se divulga es la posibilidad de que una bomba hubiera sido colocada en alguna maleta de los turistas perecidos. Esa modalidad, por ejemplo, se empleó cuando en diciembre de 1988 se partió en pleno vuelo sobre Lockerbie, Escocia, una nave de Panam, atribuyéndose, entonces, ese crimen a los servicios del mandatario libio, Muhammad Gadafi.

Aparte de los argumentos técnicos y los pretextos políticos para obstaculizar la investigación transparente de ese lamentable suceso, conviene detenerse en reconocer el brazo largo e invisible del Estado Islámico, molesto por las 1.600 bombas largadas por la aviación rusa sobre sus bastiones sirios, en tan solo el primer mes de su incursión en el conflicto. Sin embargo, cabe anotar que ese incidente, lejos de disuadir a Putin en su cruzada, lo estimulará a emplear todavía mayor fuerza para aplastar la avanzada de Al Baghdadi y sus desalmados combatientes. Ese ímpetu se detectó durante la crisis de Crimea y el oeste ucraniano y, años antes, en Chechenia, donde los separatistas fueron inmisericordemente diezmados.

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