Columnistas

Terrorismo israelí

La población de Gaza, sitiada desde hace años por tierra, mar y agua, vive en condiciones infrahumanas

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Antonio Carrasco

01:04 / 19 de julio de 2014

Mientras el mundo estaba hipnotizado por los vaivenes del campeonato mundial de fútbol, la aviación israelí lanzaba —y continúa haciéndolo— cientos de toneladas de bombas sin distinción alguna entre objetivos militares o centros urbanos de la Franja de Gaza. Fuentes científicamente autorizadas dan cuenta de que las decenas de víctimas civiles (entre ellas mujeres, ancianos y niños) presentaban en las autopsias realizadas síntomas de quemaduras con residuos de carbón, tungsteno y otros minerales propios de la composición de las denominadas bombas de fósforo blanco, parecidos a los proyectiles que el Tzáhal (Fuerzas de Defensa de Israel) utilizó en 2006 durante su fracasada invasión al sur del Líbano, antes de que los heroicos batallones del Hezbolá los obligaran a batirse en retirada.

Las actuales incursiones aéreas de Israel contra Gaza son el resultado de reyertas particulares, orquestadas por los servicios secretos hebreos, como pretexto para desestabilizar el gobierno de coalición que se venía formando entre la Autoridad Palestina de Ramala y el Gobierno autónomo de Gaza, controlado por Hamas, la formación político-militar de la franja democráticamente elegida para regir los destinos de ese abnegado pueblo de 1,5 millones de habitantes, que sobreviven en 360 kilómetros cuadrados. Esos seres humanos, olvidados por la apodada “comunidad internacional” y manipulados por unos y por otros, son árabes de origen palestino, expulsados de sus tierras ancestrales, penalizados por la confiscación de sus bienes perpetrada por el movimiento sionista que en 1948 inventó el Estado de Israel.

La población de Gaza, sitiada desde hace años por Israel a través de un bloqueo criminal, aéreo y naval, vive en condiciones infrahumanas, y en el momento de escribir estas líneas los ataques terroristas provenientes de Israel han destruido sus instalaciones de energía eléctrica y de agua potable. En su desesperada defensa, los combatientes de Hamas no han tenido otra solución a la mano que emplear sus cohetes, casi artesanales, para contrarrestar los crueles fuegos judíos. Lo grave de esta escalada provocada por el gobierno fascista de Benjamín Netanyahu es que esos tiros podrían alcanzar las centrales nucleares de Dimona y causar una catástrofe de incalculables consecuencias. Lo cierto es que todo el poderío  del arsenal de Tel Aviv reposa en los tres billones de dólares anuales que Washington le concede desde hace décadas, como producto de un acuerdo de paz concertado con Egipto, cuyo actual dictador militar, el general Sissi, ha cortado, por añadidura, el pasaje de Rafah, único contacto con ese país que aliviaba en parte el feroz asedio.

En estas circunstancias, mientras se espera una reacción sensata del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, se confía en que las agencias multilaterales y las organizaciones no gubernamentales pertinentes se movilicen en auxilio de las víctimas inocentes de ese recurrente terrorismo estatal, a fin de restablecer la paz posible en la región y reanudar las negociaciones para alcanzar el anhelado objetivo de la implantación de dos Estados que convivan en el área: el israelita, que ya existe, y el palestino, ahora dividido por vergonzosos muros que separan familias y confinan a todo un pueblo a vivir aprisionado por cordones militares, en un infierno muy parecido a los campos de concentración nazis.

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