Columnistas

Ticos ambientalistas

Una población bien informada sobre medioambiente vale más que miles de leyes en favor de la naturaleza.

La Razón (Edición Impresa) / Diego García-Sayan

00:25 / 06 de diciembre de 2015

Horas de discursos y toneladas de tinta usados esta semana en la COP21 en el tema ambiental y el calentamiento global. Mezcla de dispendio de buenas intenciones y vagas concreciones con algunas propuestas claras y esbozos de compromisos a los que habrá que dar seguimiento cercano. En un mar de pronósticos aterradores y de metas cuyo cumplimiento habrá que verificar, es claro que la responsabilidad principal es de los Estados y que algo avanzarán.Muchas veces se pierde de vista, sin embargo, lo medular: el comportamiento de la gente para proteger —o no— el medio ambiente. No puedo dejar de mencionar en este sentido a Costa Rica, país al que he tenido que frecuentar los últimos años por mis responsabilidades en la Corte Interamericana de Derechos Humanos, cuya sede está allí. De poco más de 50.000 kilómetros cuadrados y menos de cinco millones de habitantes, es un país que destaca por su valoración del medioambiente en lo que los costarricenses —los ticos— son un baluarte admirable.

Me cuentan una anécdota que da una seña del valor esencial del medio ambiente en la mente de la gente. En un diálogo entre un mesero y un comensal en la terraza de un hotel en uno de los tantos parques o reservas nacionales del país, el comensal le preguntó al mesero, en broma, dónde se podía comer esos monitos que revoloteaban por las ramas cercanas. Indignado, el mesero arrojó sobre la mesa la servilleta y casi a gritos le espetó no solo que era ilegal comer esos animalitos, sino —lo más importante— que “gracias a esos monos, yo y muchos costarricenses podemos tener trabajo y educar a nuestros hijos”.

Fantástico pragmatismo y consonancia entre el bienestar individual y el de la naturaleza. A contravía de ciertas aproximaciones ultraliberales en las que resulta inevitable sacrificar algo del medioambiente para hacer viable la inversión y el bienestar de la gente. Un país como Costa Rica, que tiene casi el 25% de su extensión bajo alguna modalidad de área protegida, sería, en esa lógica, algo estructuralmente contrapuesto a la inversión y hasta un desperdicio producto de mentes bucólicas e idealistas.

No es así, ni tiene por qué ser así. Proteger el entorno enfrentando el calentamiento global para proteger los nevados, prevenir inundaciones, impedir la desaparición de islas y preservar la fauna y flora es una obligación frente a las futuras generaciones. Pero, como el caso de Costa Rica lo demuestra, el bienestar inmediato de la gente y la protección de la naturaleza pueden ir de la mano y ser, además, una excelente inversión no solo a largo plazo. Por cierto que no insinúo que se trata de un modelo sin problemas, que los hay. Y complicados. Hace poco más de dos años murió asesinado en sus costas caribeñas el joven ambientalista Jairo Mora mientras batallaba contra las mafias responsables de la caza furtiva de tortugas y la comercialización de huevos. El proceso penal sobre estos hechos aún no ha concluido.

Más allá de nubarrones como ése, es indiscutible que una población básicamente bien informada y consciente del valor del medioambiente es un capital importantísimo que vale mucho más que miles de leyes, reglamentos y discursos. El número y variedad de especies animales y vegetales constituye hoy un capital invalorable para la vida cotidiana de la mayoría de la gente en el país. Sin eso sería inviable el enorme dinamismo del ecoturismo, la principal fuente de generación de empleo y una de las principales de generación de divisas. Una experiencia así crea un circuito retroalimentador de conciencia ambientalista, al estar conectada la experiencia laboral de miles con el sano aprovechamiento del entorno ambiental. No hay en esto modelos, pero sí un extraordinario ejemplo a tomar en cuenta.

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