Columnistas

Tiempo caliente

Estamos ingresando a un tiempo caliente que puede provocar un incendio o una renovación moral profunda.

La Razón (Edición Impresa) / Édgar Arandia

08:50 / 12 de noviembre de 2017

Según el calendario civil gregoriano, estamos en noviembre, penúltimo mes del calendario dividido en 12 meses y, según el calendario litúrgico, estamos en el mes de celebración del cumpleaños de Todos los Santos. De ahí viene la costumbre de decir “¿Cuándo es el día de tu santo?”, para designar la fecha de nacimiento de una persona y a la vez el de la conmemoración de un santo de la Iglesia Católica. También es el mes en el que se celebra a Todos los Santos Difuntos, festejo que fue instaurado para combatir las prácticas “paganas” de los celtas durante el paso de estación al invierno en Europa de gran popularidad, y que llegó hasta nuestros días como Hallowen.

En el calendario de las naciones indígenas estamos en lapak pacha, o tiempo caliente; y el 8 de noviembre se celebra el ritual a las almas olvidadas o ñatitas, que tiene relación con el alma phichjawi o la quema del alma. De allí la costumbre de lavar la ropa del difunto a los ocho días de su deceso;  así como la quema de ciertas pertenencias para que su alma no se quede pegada a ellas y no pueda dañar y perjudicar el trabajo de sus parientes ni las cosechas.

Más tarde, el 21 de diciembre es cuando se elaboran las illas e ispallas en pequeñas representaciones simbólicas de ganado y de productos. Se celebra el paso de la primavera al verano, otrora el espacio ritual para la fiesta del Iquiqu, que fue trasladada por un convenio político al 24 de enero, después del fin del cerco de Túpac Katari a la ciudad de La Paz en 1781.

Así se prepara la tierra en su aspecto espiritual y físico, porque llega el jallu pacha o la época húmeda, hembra, fecunda; que nos invita a gozar el tiempo de la abundancia y preparar la fiesta más importante del calendario aymara-quechua: la Anata o tiempo de jugar. Los muertos son semillas que vuelven y con quienes hay que alegrarse, bailar y comer en abundancia; hacer el amor y festejar al cuerpo por estar vivo y fecundo para exaltar la vida, que es la meta más importante de las culturas indígenas.

Sin embargo, la occidentalización de nuestras vidas nos ha privado de este espacio sagrado, y ahora debemos prepararnos para un evento democrático que pone el tiempo caliente, pero de otra manera: prosaico, ordinario, pero necesario. Entre las deudas sociales más relevantes de los últimos gobiernos democráticos está la salud, la educación y la Justicia, esa vieja gorda envilecida y tuerta a la que nadie cree, ni las mismas autoridades.

Se puede percibir una molestia, una insatisfacción entre la población, que se traduce en la indolencia. Así como las autoridades no creen en el aparato judicial, la población tampoco, y sabe que no será posible cambiar de facilitadores que interpreten las leyes con sabiduría y, sobre todo, con honestidad. Esta enfermedad que corroe el mundo de la judicatura se vio, hace días, agravada por la actuación crápula de un juez de El Alto.

En su artículo 110, la Constitución Política del Estado dice: “Las personas que vulneren derechos constitucionales quedan sujetas a la jurisdicción y competencia de las autoridades bolivianas (...). La vulneración de los derechos constitucionales hace responsables a sus autores intelectuales y materiales”. ¿Alguien cree que estas convenciones que supuestamente regulan nuestras vidas serán respetadas?

Este tiempo se irá calentando más, cuando el TCP eleve su informe sobre el recurso de reelección, será la medida de la credibilidad en la Justicia. Pero la prueba de fuego será el 3 de diciembre, cuando los ciudadanos debamos ejercer nuestro derecho a la consolidación de la vieja estructura jurídica o rechazarla. Sabemos que cambiar de personas no es cambiar nada. Esa fórmula nunca dio resultados, porque no se trata de personas, sino de la estructura que se mantiene entre algunos policías corruptos; gente poderosa que compra conciencias; y abogados que trepan desde sus inicios como estudiantes de Derecho, entrenados antes de su titulación, haciendo juicios a sus catedráticos o configurando grupículos de poder para luego ocupar altos cargos en Órgano Judicial y blindarse entre ellos... Tiempo caliente que puede provocar un incendio o una renovación moral profunda.

Es artista y antropólogo.

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