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Tiempo de compartir

A pesar que todo lleva al aislamiento, hay costumbres que nos hacen actuar como seres sociales

La Razón / Lucía Sauma

00:20 / 27 de diciembre de 2012

Otorgarse una tregua, salir de la rutina, consagrarse a la familia, a los amigos, al descanso, es cuidar la humanidad. Estos días de fin de año deberían estar dedicados a esa enorme tarea que significa construir una sociedad basada en valores de equidad, afecto, reciprocidad y comunidad, en la que las cargas se reparten entre todos, por eso el peso es mucho más llevadero.

En la actualidad el trabajo sin pausa es considerado un signo de desarrollo, en el que el acompañamiento familiar, las horas de conversación, se observan como perjudiciales, en fin, una pérdida de tiempo. Acostumbrados a castigar para educar, a prohibir para avanzar,  hemos confundido  los valores.

¿Es posible parar un momento? Si nos detenemos podremos mirar con calma a los que no se han dejado arrastrar y son capaces de admitir que el cansancio sólo consigue construir una sociedad exhausta, agobiada bajo el enorme peso de la acumulación sin sentido.

En las civilizaciones más antiguas  la diversión formaba parte del ritual a través del cual los hombres buscaban la comunicación con los espíritus de sus antepasados. La sociedad industrial, centrada en el trabajo, considera el tiempo libre como pereza. Mientras que la sociedad postindustrial toma en cuenta el ocio como un espacio que propicia el consumo.  Hoy, el ocio más que un privilegio es considerado un derecho. Es un espacio para recuperar valores culturales comunitarios.

Compartir con la familia, con los compañeros de trabajo, con los vecinos, es una necesidad humana. Son los espacios en los que se forman las personas y aprenden a reaccionar frente a los sentimientos, a las actitudes cotidianas, a resolver conflictos, a pensar, a buscar respuestas creativas, a encontrar alternativas y formar principios

En los juegos, en las horas de ocio  es en los que se construyen los valores que determinan la vida de las personas. Esos espacios deciden la capacidad de relacionamiento, de socialización y sobre todo son los momentos de creación. La creatividad se desarrolla con la libertad. Los niños durante la recreación inventan, construyen sus imaginarios, fundamentan amistades. Esos momentos deben ser fomentados y compartidos en el entorno familiar, su importancia es fundamental.

A pesar que todo lleva al aislamiento, el individualismo, la uniformización, es bueno darse cuenta que hay costumbres muy simples como el saludo, los almuerzos familiares, la charla en la calle, las reuniones en la esquina, el parque dominical, que nos hacen actuar como seres sociales, necesitados de familia y de horas de descanso en las que expresar sentimientos de duda, tristeza y alegría para ser comprendidos. Es otra manera de celebrar la vida.

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