Columnistas

Tiempo de esperanza

Con Jesús se abrieron las puertas del cielo para todos aquellos que creen en Él

La Razón / Alejandro F. Mercado

01:38 / 24 de diciembre de 2011

Hace 2011 años la luz de la estrella que brilló en Belén iluminó al mundo, luz que daba cuenta del nacimiento de un niño del vientre de una virgen, tal como lo presagiara el profeta Isaías. Un niño que aunque fue condenado a muerte en el quincuagésimo año del emperador Tiberio, no ha muerto y está entre nosotros. En el libro del profeta Isaías (7,14) dice: “Por tanto, el Señor mismo os dará señal: He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel”, y en el Evangelio de Mateo (1, 23) leemos: “He aquí, una virgen, concebirá y dará luz a un hijo, y llamarás su nombre Emanuel, que traducido es: Dios con nosotros”.

El Hijo del Padre tiene dos nombres, uno, Jesús, describe su misión: El salvador, el otro, Emanuel, describe su naturaleza: Dios con nosotros. Jesús vino trayéndonos la buena nueva de la salvación, hasta antes de su llegada quienes morían en cuerpo en esta vida pasaban al seno de Abraham, esperando el día del juicio final, con Jesús se abrieron las puertas del cielo para todos aquellos que creen en Él.

Jesús vino a cambiar la relación de nosotros con el Padre Celestial. Con Abraham, Moisés y todos los profetas del Antiguo Testamento, Dios se había referido a un pueblo elegido, con Jesús la salvación no está referida a un pueblo o a un determinado grupo social, la salvación es eminentemente de carácter individual. Jesús no se refiere a los judíos, a los blancos o a los morenos, Jesús vino a llamarte a ti: Ramiro, Pedro, María, Teresa o como te llames. Si se leen los Evangelios con la fe en la salvación se encontrará que éstos transmiten un llamado de carácter individual: “Ven y sígueme”.

Dios no nos puso en este mundo para sufrir, ni para sacrificarnos. No nos pide que seamos el cordero de sacrificio en el altar del Estado, de la revolución o de nada parecido, nos pide que busquemos ser felices, como cualquier padre desea la felicidad para sus hijos. Como lo destacó el Santo Padre Juan XXIII: “El bien común consiste y tiende a concretarse en el conjunto de aquellas condiciones sociales que consienten y favorezcan en los seres humanos el desarrollo integral de su propia persona”.

Seguramente habrá quienes no creen en Dios o tienen, con todo derecho, una religiosidad distinta, pudiendo ser politeístas, panteístas o animistas, pero para nosotros que creemos en un Dios único, en un Dios creador del universo, en un Dios misericordioso, en un Dios salvador, en un Dios que provee,  hoy, esta noche, es tiempo de esperanza, es noche de fiesta, Aleluya.

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