Columnistas

Tiempo de mirar el cielo

La Razón (Edición Impresa) / A fuego lento - Edgar Arandia Quiroga

00:00 / 21 de julio de 2019

En vísperas del 16 de julio, al atardecer, la Luna llena teñía el Illimani con un leve velo rosa. Son momentos de inaudita belleza, una epifanía que siempre nos provoca un estado de exaltación: observar el cielo con sus innumerables estrellas. En esta época seca o awti pacha, el espacio que nos circunda no presenta una sola nube que impida el paso de la luz, la cual se esfuma lentamente sobre las montañas que rodean a la ciudad.

En todas las civilizaciones, la fascinación por el cosmos ha dado origen a un sinfín de divinidades y explicaciones míticas sobre la creación. En el plano científico, las observaciones sistemáticas permitieron organizar los tiempos de la agricultura y su relación con la vida y la muerte. Mucha de esta sabiduría ancestral está olvidada. Por ejemplo, en la cultura tiwanakota la observación del cielo cumplía un rol muy importante, y muchos de sus símbolos se encuentran en los monumentos líticos, textiles y cerámica; cuyas posibles representaciones y significados aún están en discusión y no existen consensos al respecto.

Sabemos que los ciclos agrícolas estaban subordinados a las constelaciones como arquetipos de los seres terrestres, incluida la flora y la fauna. También se sabe que Júpiter y Marte, los planetas visibles, eran señas importantes para determinar las siembras y cosechas. Para su observación se usaban espejos de agua que captaban el reflejo de las estrellas, y cuando a su alrededor se formaba un anillo luminoso, significaba que el astro no se movía, estaba en un punto clave que permitía el orden del cielo estrellado. Existía una clasificación de dos tipos de estrellas: las estrellas de fuego, o nina sanka, y las de color blanco azulado o llipihiriri wara wara (estrellas claras).

Consideraban que la creación del universo ocurrió debido a un viento impetuoso que, así como un sembrador arroja las semillas, dispersó las estrellas y los planetas, “quedando de esa manera conformados los astros” (M.Torres). Conocían con precisión los solsticios y equinoccios; los cuales les permitían planificar las épocas agrícolas, concertar alianzas y decidir acciones importantes para el bienestar de las poblaciones. Sus observaciones de los eclipses y su relación con las divinidades enriquecieron el acervo astronómico agrícola y ritual. Estos conocimientos se extendieron al imperio inca.

Para conservar esta memoria, en Tiwanaku y en el Cuzco se alzaron observatorios astronómicos que les permitían predecir las cosechas, y a la vez rendir culto a la naturaleza. Los templos del Sol y de la Luna siempre están orientados hacia el este, por la salida del astro rey, como dador de vida. Hasta el día de hoy las construcciones importantes en el área rural se orientan de esta manera. Los uru chipayas mantienen esta orientación inclusive en las casas domésticas.

A partir de estos conocimientos, crearon un calendario con un día de error cada 12.000 años, y dieron nombre a las estrellas y las constelaciones. Así por ejemplo, a la estrella Alcor se la denomina Pallqa wara o Estrella partida o doble; a Antares se la llama Quri kala o Piedra de oro; a la estrella Argos, Lajha manta. También establecieron un muestrario de las estrellas visibles y resaltaron la importancia de la Cruz del Sur o Chakana, que aparece el 3 de mayo y se instala de manera apoteósica sobre el pico más alto del Illimani el 5 de mayo.

Julio es un mes óptimo para ver las estrellas por la poca nubosidad. Y si nos alejamos de la polución lumínica y recorremos el altiplano boliviano, podemos observar a simple vista un espectáculo imponente, que nos explica muchas cosas sobre la relación de nuestras culturas con la naturaleza y el vínculo del mundo de arriba, o Alaxpacha, con este mundo y el mundo de abajo.

Así por ejemplo, el 25 de julio se festeja al apóstol o Tata Santiago, o tata Illapa, divinidad del rayo. En el área rural se pinta su imagen en una piedra para lanzarla a la Vía Láctea, pidiéndole que no se olvide de mandar lluvia y que se anuncie con la luz del rayo, la detonación y luego la lluvia. Es la época de mirar el cielo.

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