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Tiempo de sahumar

Los primeros vestigios materiales de esta práctica se remontan a la cultura tiwanakota

La Razón (Edición Impresa) / Patricia Montaño Durán

00:02 / 10 de septiembre de 2015

Las frías noches del aire paceño huelen a hierba khoa y copal. Durante agosto y en todo el país, especialmente los viernes, hombres y mujeres, viejos y jóvenes, ricos y pobres; en oriente y occidente, la ciudad y el campo; cumplimos con la tradición espiritual de ofrendar una “mesa” a la Pachamama.

Los primeros vestigios materiales de esta práctica se remontan a la cultura tiwanakota, en cuyos sitios se han encontrado docenas de incensarios polícromos de cerámica con cabeza sobresaliente de puma, llama o jaguar. Las piezas más bellas corresponden a las épocas III, IV y V; es decir, entre los años 324 y 1187 de nuestra era, en los que, tras muchos siglos de ser una cultura aldeana, Tiwanaku se transformó en un Estado que se expandió llegando a ocupar 600.000 km2 de extensión y se convirtió en el primer imperio andino.

De acuerdo con el arqueólogo Carlos Ponce Sanginés, la cultura tiwanakota, al igual que otras antiguas, era etnocéntrica y consideraba que en el universo habían tres planos superpuestos: el de abajo o mankapacha, el terrestre o kaypacha y el superior o alajpacha; planos que se interconectaban entre sí. Los tiwanakotas representaron su cosmovisión en la arquitectura de su ciudad capital, en la que el plano de abajo está representado por el Templete Semisubterráneo; y el superior, por el edificio terraplenado de Kalasasaya y por la pirámide de Akapana.

Dentro de esa cosmovisión, la quema de la resina de copal procedente de los Yungas y de otras hierbas en incensarios zoomorfos era frecuente, ya que el humo, por su movimiento ascendente, vinculaba el plano terrenal con el celestial.

La costumbre de ofrecer sahumerios no fue posible de erradicar ni con la extirpación de idolatrías realizada al principio de la Colonia, ni con la eliminación de reliquias que se practicó tras la revolución de Túpac Katari en 1780, ya que los nativos se dieron modos para encubrirla con elementos católicos y le dieron el nombre de “mesa” (misa, en pronunciación aymara).

La práctica fue atestiguada por varios investigadores, entre ellos el suizo Adolph Bandelier, quien hacia 1895 observó en la Isla del Sol una ceremonia de quema de incienso en las cuatro esquinas de una casa “besando la tierra y mirando al cielo, levantadas las manos en actitud suplicante”. La tradición está tan arraigada en todos los puntos del país que no solo se practica en la intimidad del hogar, sino también en los negocios y oficinas privadas y públicas. Incluso muchos se dirigen a apachetas como La Cumbre, en cuya cúspide se ha instalado una cruz católica, para realizar su silenciosa ofrenda más cerca de los achachilas. Este rito, que cumplimos sagradamente para reconciliarnos con las fuerzas invisibles, es una prueba de que nuestra milenaria cultura no solo está viva, sino que continúa expandiéndose.

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