Columnistas

Tiempos acelerados

La ciudadanía exige nuevas condiciones de vida, de espacios y medio ambiente en sus urbes

La Razón / Patricia Vargas

00:56 / 17 de octubre de 2013

Todo tema relacionado a la ciudad nos invita a retroceder en el tiempo, especialmente cuando se busca comprenderla mejor. Esto porque una urbe, cualquiera que sea, conserva distintas temporalidades como la palabra, que colabora en la detección de la esencia y la fuerza de su pasado.

Hoy las ciudades están cambiando y parecería que son otras, ya que en las últimas décadas se ha ingresado a un tiempo con pocos límites, en el que la vida cotidiana contemporánea exige un vivir más acelerado, pues la competitividad es tan agresiva que ha logrado desplazar toda utopía. De esa manera, el ciudadano se siente obligado (por las distintas necesidades existenciales) a aumentar la velocidad del ritmo de su existir. Un poco a la medida de la época, en la que el cruce de actividades es parte de la cotidianidad urbana. Ello deriva en que la ciudadanía exige nuevas condiciones de vida, de espacios y medio ambiente en sus urbes.

Sin embargo, la teorización de la esencia de la ciudad que se mueve nació y fue destacada desde las últimas décadas del siglo XVIII, cuando se motivaban y ensalzaban los cambios de la vida moderna. De ahí que intelectuales y escritores como Goethe, en un viaje a Venecia (1787), describían: “Al fin puedo disfrutar realmente de la soledad anhelada, porque en ningún sitio se puede estar más solo que en medio de la multitud en la que uno se abre camino”. Palabras que describen la vida citadina de ese entonces.

En La Paz, desde hace algo más de seis décadas, la población se ha ido apropiando de manera creciente de la ciudad toda. El centro urbano, que ayer fue el único espacio para múltiples actividades, hoy se ha extendido a otros barrios, no sólo porque allí se asentaron por ejemplo sucursales de instituciones y otros, sino porque el transeúnte ha hecho suyos esos lugares, consolidándolos como centros vitales. Esa fue la razón precisamente para escribir hace tres años el artículo sobre el nuevo sentido de San Miguel como lugar de movimiento. Cualidad destacable que nace con los jóvenes.

En esta ocasión abordamos nuevamente ese tema, debido a que si bien la práctica social es una característica de La Paz, hoy el actor social parece mostrar dos realidades: por una parte, mantiene la rica práctica del espacio público y, por otra, aquélla ha comenzado a desbordar ciertos límites de racionalidad. Por ejemplo, en aquellos actos masivos de protesta en los que esas multitudes hacen patentes realidades mezcladas entre el derecho a la proclama y los efectos negativos. Es el caso de la fiesta de Chasquipampa, en la que se impuso la toma de la avenida principal de Cota Cota durante una semana, sin posibilidad a réplica alguna. Esto obviamente representa una agresión y presión a la ciudad, que puede llegar a dislocar una situación de convivencia.

Así, el cruce de actividades denota que la vida urbana en La Paz, con el pasar de los años, está cambiando o quizá simplemente el pasado se está convirtiendo en demasiado pequeño para habitarlo. Pareciera evidente que la apertura a nuevos tiempos (cuya velocidad es una suma de necesidades y esfuerzos) es una realidad irrefutable.

Empero, es preciso remarcar que todo lugar dinámico funciona como tal sólo cuando el practicante de la vida pública (transeúnte o muchedumbre) se apropia para cualificarlo, ya que de otra manera estaría desequilibrando la vida urbana.

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